jueves, 11 de abril de 2013

Literatura

El otro día me topé con Las horas, la novela de Michael Cunningham que explora el universo de la escritora británica Virginia Woolf. Me quedé prendado con algunas de sus imágenes. Describiendo a alguien decía: “feliz e incansable como un perro pastor que corre a recoger un palo”. Simple pero genial: la mejor imagen que he leído del típico triunfador tonto (o tonto triunfador).

Lo otro es el tempo: se trata de una historia donde no pasa nada. Los protagonistas se trasladan de una escena a la otra. Lo importante no es lo que ocurre (el culto a lo factual que ha sido llevado al límite por la teleserie y el filme hollywoodense) sino las sensaciones que se van viviendo: el transcurrir (existir) de los personajes, los sonidos, los gustos, los olores…

Un buen libro tiene la misión de destruirte, de obligarte a pensar en ti y en lo que eres, a concebir lo que has sido y lo que podrías ser. Hacía mucho tiempo que no leía otra cosa que serios volúmenes de teoría de la comunicación, y a lo sumo algunos cables noticiosos y artículos provenientes de la blogosfera, un pequeño respiro entre tanto Martín-Serrano y Martín-Barbero. Pero la literatura es otra cosa. La literatura es mágica. Es libertad. Total libertad. A veces la vida adquiere sentido después de un buen libro. Otras lo pierde, lo cual es incluso mejor que lo primero, porque sólo desde la crisis se construyen nuevas alternativas.


Mi barrio natal es menos viejo, menos sucio y menos decadente si amanezco con un libro entre las manos. Cuando lees se abre otra dimensión en medio de la gritería de los vendedores de pan, el reggaetón y las malas palabras, el alcoholismo y la desesperanza. Mi vida se vuelve menos compleja. Los libros, antes que los MP3s y las computadoras, me han permitido evadirme de más de una docena de entornos hostiles como albergues de escuela al campo, becas leninistas, largas esperas en paradas de guagua, colas para realizar todo tipo de trámites, e interminables viajes en tren. Entre Balzac y Carpentier se relativiza la historia, y se ubican en tiempo y espacio los grandes valores humanos.

El texto de Cunningham me recordó cuánto me gustaría dedicarme algún día en serio a la literatura. Construir imágenes, sueños, dimensiones. El arte (y la escritura es arte) ha de tener entre sus funciones esenciales la creación de mundos mejores y posibles (o mundos peores e imposibles, lo mismo da), lo importante es que sean diferentes a la “realidad real”, objetiva, positivistamente cuantificable. La literatura es entonces un acto de posibilidad.

De no leer, había olvidado por qué me gusta tanto hacerlo, y pienso ahora en lo mala que es la vida que no me permite tiempo para consumir otras cosas que economía política de la comunicación, a Gramsci, y a Pierre Bourdieu. Y no es que reniegue de mis actuales lecturas, todo lo contrario, sólo que aspiro a tener el momento para armar una hamaca cerca del mar, abrir mi libro (o la pantalla del Ipad, que soñar no cuesta nada) y dejar que pasen las horas mientras el viento mueve los cocoteros y las olas del Atlántico continúan su andar.

2 comentarios:

  1. ...haces siglos no leo un libro(que no sea de estudios).Cuando trabajaba en una primaria me lei casi toda la literatura rusa que abundan aun en las bibliotecas de las mismas.Dios!!pobres niños...pobres adultos!!na,al final me gustaban!!

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  2. El mejor de los artículos desde la perspectiva de esta humilde seguidora. Ya sabes que lo mío no es la política, y tampoco la teoría de la comunicación, pero la literatura, " la literatura es mágica".
    Me has hecho recordar a mi padre cuando estaba próximo a la jubilación después de toda una vida por y para la Filosofía, la Economía Política y otros "horrores". Estaba contento, muy contento y sólo repetía que iba a tener tiempo para releer todos aquellos clásicos de la Literatura que tanto lo fueron impactando en su vida. Un día le pregunté si no prefería leer cosas nuevas, que por qué no se dedicaba a conseguir libros de "ahora" para leer... Me respondió sencillamente que leyendo a los clásicos no necesitaba más, que la vida era breve y que no quería arriesgarse a leer autores nuevos, que con los clásicos estaría leyendo siempre algo bueno y con ellos garantizaba de cada vez un libro distinto (nuevo). Me consta que hay libros que ha leído 8 veces. Se comparta o no, es una visión respetable.
    Y es que la buena literatura tiene eso, la lees una y otra vez y siempre te ofrece cosas nuevas.
    Bueno, Salvador, un abrazo desde esta España nuestra que ahora me dio la posibilidad de reencontrarme con los clásicos, pero esta vez de la Filosofía con mayúsculas (Confucio, Platón, Séneca, Epícteto,...) y textos como el Bagavad Gita, La Voz del Silencio,...), en fin...

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