viernes, 5 de abril de 2013

Día 9. Baño de pueblo

Acabo de llegar a mi habitación. Cierro la puerta y del otro lado queda la Venezuela en campaña. Respiro agradecido la penumbra refrigerada de mi cuarto de hotel. Más o menos confortable, todos los hoteles tienen un aire impersonal, una mezcla de aromatizante y humedad, de mucama apresurada y sábana hervida. Los hoteles, desde el Cinco Estrellas Plus hasta el más humilde tiradero suramericano, son lugares concebidos para gente que siempre está de paso. Me quito los zapatos y dejo que mis pies se deslicen por el suelo frío. Afuera hay 35 grados de calor y un sol africano que aplasta. Enciendo el televisor y escucho los últimos discursos de los candidatos…

Vengo de atravesar la avenida Bolívar de punta a punta, principal arteria de la ciudad de Maturín. En Venezuela, lo mismo que nosotros con José Martí, todas las calles principales llevan el nombre del Libertador de América. También las escuelas, la moneda, los hospitales, y una larga lista de etcéteras que hacen de Bolívar parte integrante y presente del pan venezolano nuestro de cada día. Pero la avenida Bolívar de Maturín, que ya de por sí es barroca, en estos días de campaña electoral lleva su locura a grados inimaginables.

Un comercio junto al otro, y cada comercio con un bafle en la puerta: rancheras mexicanas, llaneras de Venezuela, cumbia colombiana, merengue de Santo Domingo, reggaetón puertorriqueño, y los hits musicales de Miami. Todo mezclado: La calle es una Babel latinoamericana. Entre comercio y comercio, en plena acera, los vendedores callejeros: gafas graduadas y de sol, perros calientes, frutas (ciruelas, plátanos, melocotones tropicales), viejas pidiendo dinero, otras robándotelo… Cojos y ciegos. Niños gritando. La gente andando a la velocidad de un bróker en pleno Manhattan. Los choferes de las busetas (transporte público) casi que subiéndose a la acerca mientras vocean los lugares por donde pasan… Los comercios. Los comerciantes. Lo comerciado. El dinero que corre de mano en mano. El grito, el saludo, el pana y la pana, la basura amontonada en los contenes, el niño pequeño jugando en un rincón mientras su madre vende empanadas… Bienaventurada Suramérica porque ella en alegrías y desgracias está más cerca del cielo.

Y yo, caminando la Bolívar de un lado a otro. Una flota de camiones recorre la avenida. Cada camión carga con una pequeña planta de gasolina que alimenta tres inmensos bafles, los cuales trasmiten propaganda electoral. La mayor parte de los camiones hacen campaña a favor del candidato Nicolás Maduro, cuyo rostro puede verse también en las farolas de la avenida, en las puertas de algunos comercios y en los volantes que te entregan a cada paso los comandos de campaña. El Capriles está menos presente en la avenida Bolívar, un cartel por aquí, otro por allá. La Bolívar es demasiado popular, demasiado chusma, demasiado vulgar como para que el discurso de Capriles atrape a los parias de este mundo que, como yo, transitan de un lado a otros por las aceras.

La calle por estos días es toda política. No se habla ni se ve otra cosa. El proceso político se vive (y disfruta) con la misma intensidad que una revolución rusa o francesa. Sin embargo, ni la reacción es tan inteligentemente reaccionaria como la aristocracia del Zar y los burócratas del Gobierno Provisional, ni los discursos tan profundos como los de Lenin, Trotsky y Robespierre.

Casualidad, ando con una franela (pulóver) roja. El color de mi ropa me identifica con el tercer estado, el color de los sans-culottes del chavismo. Paso por una esquina donde una joven del comando Capriles está repartiendo propaganda electoral. Miro a la joven, ella me mira y me hace un gesto negativo con la mano. El color de mi franela me identifica como caso perdido: no se va a gastar papel en un joven con franela roja. Las franelas rojas no cuentan. Así, sumergido en mi particular baño de pueblo, parezco un habitante más de la ciudad de Maturín. Me da tiempo a ver de refilón el plegable que la joven no me quiso entregar. Tiene el rostro del candidato Capriles junto al lema de su campaña: Venezuela somos todos.

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