miércoles, 3 de abril de 2013

Día 11. En campaña

 
Ayer, martes 2 de abril, inició oficialmente la campaña por la primera magistratura en el bolivariano, petrolero y latino Estado de Venezuela. Tres adjetivos que expresan la esencia de un país inmenso que cuenta con todos los climas, todas las razas, y todos los grupos y clases sociales, desde el multimillonario hasta el indígena muerto de hambre.
 
Si lo nuestro en Cuba es un ajiaco (caldo hecho a base de diversas carnes y viandas), en Venezuela la nacionalidad se podría representar en el pabellón, uno de los platos típicos del país caribeño, compuesto por arroz blanco, caraotas (frijoles negros), carne mechada (pernil o falda de res en hilachas), y tajada (plato macho frito) que da color y balancea el plato. El ajiaco es mezcla, en el pabellón cada componente coexiste junto al otro. Como Bolívar, el petróleo y la latinidad de frontera.

La memoria del Libertador expresa el culto a una guerra por la independencia y la libertad que echó a andar en el siglo XIX y aún hoy no ha terminado. El proyecto de una patria inclusiva, culta, con instituciones sólidas, una patria que como diría José Martí rinda homenaje a la libertad plena del hombre, es todavía en estas tierras un proyecto en construcción.
 
El petróleo es fuente suprema de la riqueza nacional, y también el poderoso y terrible caballero que adormece voluntades.
 
Y por último, el componente latinoamericano, esencial para entender las dinámicas de un país que se asienta sobre un esquema de modernidad periférica. Venezuela es una enorme frontera que se extiende no sólo geográficamente entre el mundo caribeño y el universo andino, sino también entre el occidente blanco-estadounidense-europeo, y el mundo indígena-campesino-criollo tradicional. Camionetas marca Ford junto a chabolas y botellas vacías de Coca Cola tiradas en las aceras. Cinco siglos de modernidad antítetica separan a los venezolanos más pudientes de la “chusma” que se aglomera en los cerros. Proyecto de modernidad que ha ensanchado la barrera económica y sobre todo cultural entre los que tienen y los que no.
 
La campaña electoral venezolana, como todo acto de comunicación política, ha estado desde el inicio plagada de símbolos. Nicolás Maduro, candidato del PSUV y heredero de Hugo Chávez, arrancó oficialmente su carrera por la presidencia desde Sabaneta, el pueblo del estado occidental de Barinas en el cual nació Chávez. Capriles, por su parte, se vino hasta Maturín, ciudad ubicada justo en el otro extremo del territorio nacional. A lo largo de estos días ambos candidatos se irán acercando hacia Caracas en una carrera a marchas forzadas que promete estar llena de emociones.
 
Desde ayer Maturín amaneció sumergida en propaganda electoral. Muros, postes, árboles, vidrieras de tiendas y cristales de carros. Todo está literalmente cubierto de carteles en defensa de uno u otro candidato. Es la fiesta de los impresores y de los publicistas.

Para su acto de inicio de campaña, Capriles logró concentrar a varios miles de personas en la avenida Juncal, una de las principales arterias de Maturín. Como un emperador romano (o como el Papa en San Pedro) Capriles atravesó la multitud es un carro descapotable. Llevaba puesta una camiseta de la Vinotinto, la selección venezolana de fútbol, en la cual podía leerse su nombre. El candidato lanzaba a la multitud besos y gorras tricolores, a un costado de las cuales estaba estampado el lema de su campaña: “Venezuela somos todos”.
 
Después de repartir saludos y bendiciones Capriles subió al podio y arengó a la masa enardecida. El candidato de la oposición se presentó como el candidato de la verdad, frente a la mentira representada en Nicolás (la oposición llama al presidente encargado por su nombre, y no por el apellido). Aseguró también tener a Dios de su parte, y como Dios mismo prometió si es elegido traer el agua de los desiertos y el mar a las tierras altas.
 
Mientras tanto, la cámara de Globovisión que cubría el acto, enfocaba de vez en cuando a una rubia que enarbolaba una pancarta donde podía leerse: “Flaco, mi amor, aquí está tu primera dama”. Al terminar Capriles su discurso, la explosión de los fuegos artificiales pudo escucharse en toda la ciudad. Concluyó así el espectáculo de la tierra prometida.
 
Esta mañana, cuando ya los barrenderos comenzaban a limpiar el mar de latas vacías que había dejado la concentración de ayer, un señor arrancó de un poste un cartel con el rostro sonriente de Capriles. El señor comenzó a  contonearse al ritmo de la música que reproducían unos bafles instalados en una esquina por el comando de campaña de Nicolás Maduro. Lo que se escuchaba era el himno de la Batalla de Santa Inés, nombre con el cual Hugo Chávez identificó la campaña política de su gobierno en contra del referendo que propuso la revocación de su mandato en 2004. El señor tarareaba contento el estribillo mientras se tapaba del fuerte sol con el afiche de Capriles: “Mi Comandante se queda. Se queda. Se queda”.

1 comentario:

  1. Wow! veo que has hecho algunos cambios.
    ...Y tremenda oportunidad la de ir viviendo en primera persona la campaña venezolana.
    Bueno, te leo con calma un poquito más tarde.
    Un abrazo y a seguir.

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