domingo, 7 de abril de 2013

Cuba... esa idea

Mi país es ante todo una construcción mental. La isla-puente imaginada entre la modernidad europea, la anarquía caribeña, y la América continental con su milenarismo indígena. Somos una nación reciente, un pueblo nuevo como diría el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro, convergencia de genes y culturas que han traído las corrientes a estas costas del Caribe.

Alguien decía, y no sin razón, que los cubanos vivimos en un país con una historia más grande que su geografía. Basta visitar pueblos como Guáimaro y Jimaguayú, humildes caseríos, donde sin embargo se proclamaron constituciones ultraprogresistas, o hechos heroicos como la quema de la ciudad de Bayamo, la libertad de los esclavos; episodios que parecen sacados de las guerras entre aqueos y troyanos, romanos y cartaginenses, pero nunca mambises desarrapados contra adolescentes ibéricos que Madrid enviaba a morir de fiebre y añoranza al trópico antillano.
 
Nuestras fronteras, aparentemente tan claras por la circunstancia maldita de estar rodeados de agua por todas partes, se han construido socialmente a lo largo de la historia. De este modo, durante los siglos en los que la isla fue el puerto mayor del Sistema de Flotas, Cuba estuvo más cerca de Sevilla que de Veracruz. Más tarde, nuestro archipiélago levantó anclas y se acercó a los Estados Unidos, y no sólo las damas de sociedad iban en la mañana a realizar compras en la Florida y dormir por la noche en La Habana, sino que desde allá nos fue llegando la pasión por el béisbol y la televisión, los carros y la vida nocturna trepidante.
 
En 1959, descubrimos que éramos parte de un continente hasta el momento inexplorado, una América Latina que a su vez tenía costas en el África Occidental, la tierra madre desde donde llegó la sangre africana que dio vida a las plantaciones cañeras. A partir de entonces la idea de Cuba pasó también a formar parte de una inmensa Pangea tercermundista, la humanidad del sur que despertaba al calor de los movimientos de liberación y la contracultura de la década del sesenta.
 
Con la llegada de la Revolución la mayor parte del mundo “civilizado” nos cubrió piadosamente con un inmenso preservativo. Y Cuba fue realmente eso. Sólo Cuba. La distinta. El país del pollo de dieta y el país sin internet. El país de las megas concentraciones, donde todo es raro, donde nada es normal. Los isleños más que nunca, aprendimos a vivir aislados, aunque sólo en apariencia, ya que la identidad se ha escurrido por todas partes mediante la música, el cine, la religión, y una inmensa ola de emigrantes que llevaron la isla a los lugares más disímiles del globo.
 
La nación, el componente nacional cubano, es tan reciente desde el punto de vista histórico como que nuestros bisabuelos vivieron en un país que todavía era colonia de España, la última joya de una corona decadente que nos mantuvo en sus manos durante cuatro siglos. La vida humana es demasiado breve para apreciar en toda su amplitud los procesos históricos, de modo que resulta difícil de interiorizar que cuatro quintas partes de la historia moderna de la Isla mayor del Caribe estuvieron marcadas por el colonialismo, por la economía de plantación, por las disposiciones que traía la flota allende el Atlántico, disposiciones que se acataban con lealtad borbónica y en la práctica se ignoraban con indiferencia antillana.
 
Por eso, cuando en Cuba se sigue hablando de racismo y corrupción, de negligencia y barbarie, de caudillismo e indisciplina generalizada, me pregunto yo si bastaría con una vida humana para acabar con males cuyos orígenes se remontan a la más oscura noche de los tiempos. Y no es que por histórica la maldad resulte irreparable, solo que las transformaciones sociales no son cosa de un día ni de una década: el árbol de la república martiana de un país con todos y para el bien de todos, una vez plantado, dará su sombra a los cubanos del futuro, si es que antes no se nos hunde la isla por el calentamiento climático.
 
Pero bueno, no me hagan caso, todo esto son boberías en las que uno piensa un domingo cuando está tan lejos de casa, y desde la distancia se pone a soñar con el país que somos, y sobre todo con aquel que podría ser.

2 comentarios:

  1. Salva todo eso está muy bien, pero por esta vez discrepo con el mensaje que subyace, según lo leo, conectada como estoy con la última polémica sobre el racismo en Cuba y sus consecuencias para quien abrió este debate. Quizás no baste una vida humana, que no tiene tiempo histórico sino sencillamente humano, pero no por eso hay que callarse (punto uno del más reciente debate sobre el racismo o sobre lo que sea que no concuerde con el discurso oficial) y mucho menos dejar de hacer algo por cambiar (el racismo o lo que sea que nos moleste). Si nos hubiéramos conformado con creer que de todos modos es tan viejo que no se puede... nada se habría movido... Y yo parto de que mucho se movió y mucho más tendrá que moverse aún para los negros, los blancos, las mujeres, los hombres, los heterosexuales, homosexuales, bi, ttrans, para los cubanos todos ;-) Y para eso hay que mirar atrás y adelante, y decir y hacer en el momento y lugar que nos parezca a cada uno, no a un par de elegidos. Un abrazo!

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    1. Querida Rosa, ante todo feliz de que hayas leído el post y te motivaras a escribir un comentario. Entiendo lo que dices, pero francamente al escribirlo no me pasó por la mente la polémica que anda recorriendo por estos días La Habana. Eso sí, en el texto yo aclaré (y cito) que "no por histórica la maldad resulte irreparable", con eso intenté decir que ahora tampoco porque son problemas endémicos de nuestras sociedades latinoamericanas hay que mirar a otra parte y no combatirlos. No se me ocurre en modo alguno frenar el debate en torno a temas que nos deben preocupar y sobre todo ocupar. Un beso grande!!!

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