sábado, 2 de marzo de 2013

El extraño caso de la jamonada

A las 6 y 30 de la mañana un carro de Ómnibus Nacionales que recorre el tramo entre la ciudad de Santa Clara y La Habana se adentra en un espeso banco de niebla que cubre la Carretera Central. Cinco horas más tarde, el tramo de la carretera está acordonado y una decena de peritos, oficiales de la Policía, funcionarios del Ministerio del Interior, y curiosos se amontonan buscando lo que ya no existe: la guagua se ha esfumado. Como los barcos que atraviesan por el Triángulo de las Bermudas o la ayuda internacional de los haitianos, el ómnibus nunca llegó a su destino habanero. Han desaparecido todos los ocupantes, entre ellos una decena de jóvenes universitarios quienes se encontraban en la ciudad realizando las prácticas de su especialidad.

Todos se preguntan cuál fue la causa del incidente: si una vaca comemierda se atravesó en la carretera, si el chofer se entretuvo y perdió el control del vehículo, si fue un sabotaje del imperialismo… Sólo queda la marca de las gomas sobre el pavimento y algunos fragmentos de una sustancia desconocida. Un perito se acerca lentamente a la escena. Quizás un investigador del CSI-New York habría sacado de su bolsillo un costoso espectroscopio con mirilla láser y pantalla táctil (en el CSI-New York todo es deliciosamente táctil), con el que habría analizado la misteriosa sustancia. Pero no. Nuestro perito tercermundista hace milagros con lo que tiene, de modo que huele el material, toma una porción del mismo, lo toca con el pulgar, moldea una bolita, se la pone en la punta de la lengua, y dice sin más: jamonada.

El perito ha tenido entre sus manos la clave del misterio. Pobre hombre, tuvo un pequeño acto de lucidez, pero nunca será capaz de determinar la relación entre la jamonada y el incidente que terminó desapareciendo una guagua en la Carretera Central. Además, no tiene tiempo. A los pocos minutos lo llaman para que examine los restos de una vaca que ha aparecido saboteada treinta kilómetros más allá, un caso de “hurto y sacrificio” de ganado que atender.

En los días que siguen, los peritos llegan a la conclusión de que se trata de un misterio insoluble. No se encontró evidencia de algún animal que causara un choque y lanzara a la guagua a algún acantilado, y el imperialismo por esta vez no intervino. La gente, que es mística y chanchullera, comenzó a decir que era culpa de una niebla venenosa, o una maldición de dios que en estos días anda molesto por la renuncia del Papa. Pero no. La culpa fue de la jamonada.

La guagua salió de Santa Clara a las seis de mañana. El grupo de estudiantes y profesores universitarios se había pasado la noche en la lista de espera, después de una semana de trabajo en la capital provincial, una larga noche en la que se entretuvieron comiendo unos panes con jamonada que compraron para el viaje. Porque si algo encontraron los viajeros durante su estancia en Santa Clara fue precisamente jamonada. Cada ciudad tiene su sello, y si bien La Habana de este tiempo es la capital internacional del perro caliente desabrido de diez pesos, Santa Clara lo es de la jamonada. Descubrieron que es esta una de las provincias donde más se produce y consume jamonada de todo el país. Al menos a ellos, viajeros de paso, les ofrecieron jamonada cada mañana en el desayuno del hotel, jamonada en el almuerzo y jamonada en las múltiples meriendas. Jamonada en salsa. Jamonada frita. Jamonada con pan y jamonada “al plato”. Jamonada primera, segunda y tercera parte. Jamonada Forever.

El viaje ya los agarró con el estómago revuelto, y ya sea el frío de la madrugada, los baches del camino, la larga noche en vela, pero el estómago comenzó a producir gases de efecto invernadero. Imagen ustedes una guagua que se mueve por las carreteras de Cuba en el más absoluto silencio, y en la que de momento se escucha una flatulencia. Y no cualquier peo de poca monta, una larga, sonora y sobre todo olorosa flatulencia. A la cual sigue otra, y otra más, y otra. La gente se había aguantado, pero cuando el primero rompió el hielo las jamonadas descompuestas comenzaron a interactuar con el medio ambiente. Se escucha entonces una risotada general. La guagua es ahora casi un Woodstock dedicado a celebrar la libertad del culo.

El conductor entonces se acompleja y dice que la guagua tiene aire acondicionado y está por tanto herméticamente cerrada, y que él no va a estar oliendo más eso, que va a bajar a todo el mundo. Pero los muchachos descubren que son mayoría y continúan en el indecoroso acto de lanzar flatulencias. La guagua está, en efecto, cerrada, de modo que el gas se acumula y acumula. Y poco a poco, ante el estupor de todos los presentes, la Yutong china, acostumbrada quizás a procesar las flatulencias con olor a col que producen los habitantes del Gigante Asiático, pero nunca el producto de un culo latinoamericano, comienza de momento a perder el control… y a elevarse por el cielo de Cuba en pleno amanecer caribeño.

Como Matías Pérez, la Yutong remontó las nubes doradas. Lo último que pudo escucharse desde ese apartado tramo de la Carretera Central fue la risa de los muchachos, acompañada del característicamente familiar olor de la jamonada.

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