jueves, 21 de marzo de 2013

Desde mi colmena

Llegué a Maturín, la pequeña y tórrida capital del estado nororiental venezolano de Monagas, un día después que Enrique Capriles Radonski, el candidato que se enfrentará en las próximas elecciones generales a Nicolás Maduro, actual presidente encargado y heredero de Hugo Chávez. Ayer por la tarde Capriles dio un mitin de campaña ante algunos cientos de personas. El líder opositor lo promete todo si resulta electo. Su programa de gobierno –esto no deja de ser curioso- habría sido tildado de extrema izquierda veinte años antes. El principal aporte de 14 años de chavismo es la inclusión de los pobres en la agenda política venezolana. Capriles lo sabe y promete aumentos salariales, acabar con la carestía de los productos básicos, y eliminar de raíz la inseguridad. Son todas acciones dirigidas a captar a los sectores medios y medios bajos, estos últimos uno de los bastiones más sólidos del chavismo. Capriles no sólo lucha contra el fantasma de Hugo Chávez, sino que también intenta separar su programa de un modelo de Estado que en el imaginario público representa el fracaso.

Del otro lado de las alambradas, Nicolás Maduro y su equipo de gobierno tienen ante sí el difícil reto de llevar a buen puerto el experimento colosal de la revolución chavista-bolivariana. Carestía de productos básicos, cortes eléctricos, el surgimiento de un movimiento juvenil opositor con base en las universidades tradicionales, y la fuga de divisas son algunos de los retos inminentes a vencer. A largo y mediano plazo se impone trascender la dependencia de Venezuela por el petróleo, el oro negro que corre por las venas del país, el oscuro corazón de su gloria pero también la maldición de una riqueza que ablanda voluntades. Falta menos de un mes para unas elecciones que se avecinan históricas. Por el momento tan sólo se calientan los motores.
Apago el televisor y me olvido por un rato de la política. Compré en un mercado de chinos una lata de malta Polar, un paquete de galletas integrales, y una diminuta lata de jamón del diablo. Esa es mi cena. También un chocolate, carísimo este, caro como si fueran bombones franceses para comer un día de lluvia. Pero no estamos en París. Tampoco soy César Vallejo para hablar de días de lluvia, y sol de Maturín brilla con la fuerza de mil demonios.

Mientras esté en Maturín, me alojo en una colmena que imagino ha de tener doscientas habitaciones. No las he contado. Lo más pintoresco de mi cuarto es la ubicación del inodoro, justo dentro de la bañera. De modo que puedes hacer lo uno y lo otro al mismo tiempo. Poético mi cuartico como una buhardilla de Paris. Sólo que sin Moulin Rouge, sin bohemios y sin ajenjo. Sólo cerveza Polar y mucha arepa.


Hoy me pasé la mañana en el aeropuerto esperando por el avión que me trasladaría a este rincón del mundo. Mientras tanto, estuve leyendo a Bolívar Echeverría, quien fuera uno de los filósofos más lúcidos de América Latina. Me enviaron por correo las 800 páginas de una Antología que le editaron en Bolivia. De sus “15 tesis sobre la modernidad” saqué una importante conclusión: los latinoamericanos estamos fregados. Somos parte de una modernidad periférica, antitética y desgarrada, fracturada en su intención inicial de forjar una utopía que trascendiera los grandes contrastes sociales característicos del Ancien Regime. No la tenemos fácil, pero la tarea histórica de refundar la modernidad, que es refundar la utopía, posiblemente comience en lugares tórridos como mi colmena en Maturín, y no precisamente en París un día de lluvia.

1 comentario:

  1. Bien, ya estás por Venezuela... Quiero artículo diario... Como debe ser... Me interesa saber tu opinión sobre esas tierras in situ.
    Bueno, un abrazo desde tierras gallegas.

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