sábado, 2 de febrero de 2013

Paréntesis



Hoy es martes y me siento viernes, y aunque tengo que leer manuales de metodología de la investigación para el Doctorado, responder a veinte correos electrónicos, y tabular encuestas que miden la calidad del trabajo educativo en la Universidad, prefiero quedarme tumbado en casa, escuchando a Fito, a Raúl Paz, y a Buena Fe con Descemer Bueno. Qué más da. La vida es lo que haces con ella.

En el televisor está trasmitiendo Telesur en vivo. Lo tengo con el audio en silencio para escuchar a Raúl Paz, pero así y todo disfruto con esas imágenes coloridas que han traído el siglo XXI al interior de mi Panda. Telesur me recuerda, deliciosamente, que desde el Big Bang el universo se mueve.

Me quedan cinco horas de internet y pretendo gastármelas como se me dé la gana. Soñando. Visitando lugares a los que a veces no me atrevo porque exigen mayor ancho de banda, sitios en los que se van las horas arañando veinte segundos de YouTube, facebookeando, haciendo comentarios aquí y allá. Porque al sur (muy al sur) de la brecha digital, el internet es un mar en calma sin sonido y movimiento, un espacio donde el texto y la imagen fija, propias de la prensa impresa, siguen detentando su total hegemonía. Este internet humilde y desdentado es como una película de los primeros años veinte comparada con el más espectacular filme en 3D, dos universos que implican estrategias de recepción totalmente diferentes.

Abro diez páginas de noticias que después leeré. El País junto a Cubadebate, el Herald con la web de Telesur, el Universal y ABC, Rebelión y Página 12. Todo mezclado como en los poemas de Nicolás Guillén. La realidad nunca está en las antípodas.

Descanso con las noticias, pero dentro de un rato volveré a la realidad: papeles que leer, reuniones a las que asistir y un regalo que comprar. Este domingo mi ahijado celebrará su tercer cumpleaños, y me pasaré la tarde literalmente sumergido entre medio centenar de niños chillones, mocosos, gritones. Maravillosamente infantiles. Totalmente desconocidos para mí.

Llevo una semana pensando en cómo convertir lo equivalente a 5 CUC en un regalo maravilloso para un niño de tres años. Y me divierto de mi propia perplejidad. Los 5 CUC no pueden transformarse en un robot que lance rayos asesinos, o un carro dirigido por control remoto. Quizás comprándolo de primera mano en una maquila de Shanghái o Taiwán, pero nunca en La Habana. El ahijado, con toda probabilidad, recibirá este cumpleaños treinta pelotas plásticas idénticas. Y una será la mía.

Rubianco y feliz de vida en sus tres años cumplidos, el ahijado me recuerda la importancia de la paternidad, mi deber como continuador de la especie, la misión histórica que tenemos los cubanos de no extinguirnos pese al calentamiento climático, la subida del océano, y el fin de los permisos de salida. Pero aún no me imagino padre, aunque supongo que en algún lugar de mis espermatozoides venga un manual de autoayuda o al menos una advertencia de “trátese con cuidado”. Ya llegará.

Por el momento, cada día soy más sujeto activo de la vida que vivo. Y eso es un privilegio que hay que agradecer a los años que voy cumpliendo, al destino, a la Virgen de la Caridad del Cobre, y a la Conferencia del Partido. A todos juntos, y a cada quien con lo que le toca.

Si pudiera haría menos y treparía más. De vez en cuando me esfuerzo, pero aún no es suficiente. A veces soy un campesino que siembra árboles frutales y espera un quinquenio para ver la cosecha; otras soy Walt Whitman quien a los treinta años cumplidos se celebraba y cantaba a sí mismo. En lo uno y lo otro no hay exceso de egoísmo ni autosuficiencia, solo una invitación a la felicidad o un breve agradecimiento por lo que tengo y por lo que hago, por poder hacer lo que quiero, por poderme tomar este paréntesis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario