jueves, 14 de febrero de 2013

Celebración del plátano burro hervido


El otro día, leyendo a Eric Hobsbawm, me enteré de la llamada ley de Engel. Se trata de una cuestión sumamente interesante, ya que pocas veces la teoría económica se traduce con facilidad en el pan nuestro de cada día. Engel (a quien no podemos confundir con el Engels amigo de Carlos Marx) fue un estadístico alemán quien a finales del siglo XIX observó que si aumentaban el ingreso promedio de una determinada colectividad, esta gastaba proporcionalmente menos en comida y más en actividades de segundo orden como cultura y ocio. Ello no quiere decir que con un aumento de la renta no ascienda también el gasto en alimento, sólo que este representa un porciento menor dentro de los egresos totales. Visto desde una perspectiva macro, las sociedades más hambrientas dedican la práctica totalidad de sus ingresos a la alimentación, mientras que los ciudadanos de los países menos pobres no sólo comen sino que también compran ropa, van al cine y juegan con la Wii.

No hay que ser Engel (ni tampoco Engels) para saber que cada cual piensa como vive, y que un haitiano gasta el dólar diario que le asignan las estadísticas de Naciones Unidas básicamente en plátano burro, mientras que a un neoyorquino de Manhattan su renta le alcanza para comprar salmón, frutos secos y yogurt descremado, y además pasar las vacaciones en los Hamptons.

Es poco probable que el estadístico alemán se interesara por algunos rasgos deliciosamente cualitativos que se asocian al fenómeno que se describe en su Ley. Pero vale la pena hacerlo. Se me ocurre pensar que aquellos que dedican su renta a conseguirse el diario alimento tienen menos posibilidades objetivas para procurarse felicidad, que los que tienen la suerte de poder invertir parte de sus emolumentos en tomar taxis, comprar libros, y pintar la casa. Lo de procurarse el diario alimento no es para nada eufemístico, las sociedades con alto nivel de renta promedio están infraestructuralmente más desarrolladas en lo que respecta a los modos de conseguir el diario alimento. Diciéndolo mal y pronto, en el supermercado te encuentras la carne lista para ser guisada y no es preciso zancajear media ciudad para encontrar (si es que aparece) un pollo entero o una libra de papas.

Al sur de la ley de Engel la vida se reduce a trabajar, comer y defecar (un acto este último prosaico, pero inevitable). Al norte te puedes preocupar incluso por ir al gimnasio para perder los kilos que ganaste en Navidad, apadrinar por internet al pequeño Kim (un niño norcoreano que huyó con sus padres hacia las Filipinas), y suscribir una petición de firmas para que las grandes corporaciones no destruyan la selva del Amazonas.
Marx (el amigo de Engels a quien no podemos confundir con Engel) decía que había que resolver primero las necesidades básicas para que uno después se pusiera a problematizar en torno a las grandes tragedias de este mundo. Y Buda, siempre tan materialista, descubrió que era imprescindible tener la barriga llena para alcanzar el nirvana. Lo de gastarse la renta en comida no es sólo una cuestión económica, sino también espiritual. A una determinada organización del gasto se asocia toda una cultura de la vida: la pobreza material poco a poco se transforma en inopia mental. Así que a los pobres toca leer menos a Foucault, a Kant y a Santo Tomás de Aquino, y hacer más colas para comprar el plátano burro de cada día. Y si es hervido mejor, que así se ahorra en aceite y se cuidan los triglicéridos.

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