miércoles, 2 de enero de 2013

El año del cambio

El 31 de diciembre de 1512 mi tatara-tatara-tatara-abuelo se presentó ante su padre y le comunicó que se iba a hacer las Américas. Estaban esa noche en la plaza mayor de una aldea perdida en lo profundo de España, festejando el advenimiento de un nuevo año del señor, cuando mi ancestro se acercó a su padre y le comunicó la noticia. Aunque no pasaba los cincuenta años, el viejo lucía mucho mayor luego de una vida entera trabajando las tierras del señor de la comarca. Padre e hijo olían nauseabundamente igual (una mezcla de vino y ajo, unido a meses sin tomar un baño) de modo que ninguno de los dos percibió el fuerte hedor del contrario cuando se abrazaron emocionados. Mi ancestro juntó sus pocas pertenencias y emprendió el rumbo a Cádiz, y de ahí a saber dios dónde, para terminar con sus genes en La Habana quinientos años más tarde.

Dicen los que lo conocieron que antes de tomar la decisión de embarcarse al Nuevo Mundo, mi pariente se pasó unos meses oteando el horizonte desde lo alto del campanario del pueblo. De momento mi recontra-tatara-abuelo había descubierto por conversaciones de tabernas, historias de viajeros, y sermones de iglesia, que más allá de los límites de la aldea había otra, y otra, y otra… y que después de todas las aldeas de Castilla se encontraba la Mar Océana, y más allá unos reinos portentosos donde el hombre podía cambiar su destino con un poco de esfuerzo, sin que hubiera que contar tanto con la misericordia divina.

Durante milenios la vida en la familia había transcurrido en largos ciclos de nacimiento, muerte y posterior resurrección, sino física, al menos en lo que se refiere a los valores, las creencias y sobre todo los caminos posibles que daban sentido a la comunidad. Eran ciclos aparentemente inamovibles que se repetían generación tras generación: mis ancestros habían pasado toda su vida en la misma aldea que habitaron sus padres y los padres de estos, desde que algún fundador, en la oscura noche de los tiempos, decidió asentarse en un valle bajo la sombra del castillo feudal. Por supuesto que el cambio (o los cambios) estaban presentes, pero estos eran tan lentos que se precisaba de varias vidas para poder documentarlos (y gozarlos) plenamente.

Pero en apenas unos años los pueblos de la Europa profunda, regidos por el calendario litúrgico y las estaciones, protagonizaron una revolución que abarcó todos los órdenes de la sociedad. Ante todo se quedaron vacíos. Las fronteras, custodiadas desde siempre por el temor a rodar en los confines de un mundo plano, se habían abierto ante la evidencia de la redondez del planeta. El huevo de Colón y los cojones de navegar hasta más allá del horizonte. No había fronteras. Los jóvenes, afiebrados por la aventura, desenterraban ahorros familiares y partían más allá del horizonte.

Los nuevos tiempos implicaban ante todo la posibilidad de optar entre varios caminos; poco a poco la gran avenida de la civilización cristiana, única senda posible durante más de mil años, se había bifurcado en diversas vías para la realización humana. Católicos o protestantes. Burgueses o señores feudales. Campesinos u obreros. Viajeros o inmóviles. Optar. Ante todo optar. Y dejar de pensar en que la realización personal siempre estaría después de la muerte, y sobre todo luego de vivir una vida machucante en este valle de lágrimas que es la tierra. Ahora se podía ser feliz, y (tamaña herejía) luchar por conseguir la felicidad en el reino de este mundo.

Dicen que mi tatara-tatara-tatara-abuelo no estaba tan jodido en su aldea como para justificar la decisión de arriesgarse a probar fortuna más allá del continente. De haberse quedado en casa, heredaría las pocas tierras del padre, y quizás sus hijos pudieran aprender a leer, y sus nietos participar en las primeras acciones contra el feudalismo. Pero al tatara-tatara-tatara-abuelo le molestaba en el fondo de su alma morirse sin ver el espectáculo tremendo de la humanidad (libre, suelta y gozadora) por esas tierras del mundo. Y también, no lo podemos negar, le repateaban los indianos (como eran nombrados los que llegaban triunfadores de América) paseando en coche por la plaza de la aldea y decorando las fachadas de sus casas con piedra franca de Villamayor; mientras que él, que quizás no valiera más pero tampoco menos, se la pasaba de la tierra a la casa, y de la casa a la tierra, sin nada mejor que hacer que juntar sus ahorros de todo un año para pegarse una buena borrachera en la última noche de 1512.

Por eso 1513 fue el año del cambio para mi tatara-tatara-tatara-abuelo. Debió no sólo enfrentar los peligros de la Mar Océana, sino el estar lejos de casa por primera vez, adaptarse a otro clima, otra alimentación, y otra cultura.

Nadie sabe cómo le fue en su muy personal odisea hacia la incertidumbre americana, aunque todo indica que probablemente mal o mediocremente igual a su vida anterior en la aldea. Al menos a sus más cercanos descendientes no nos legó mayor fortuna que un apellido más o menos limpio de polvo y paja, nada de dinero, y también algo de ese gen aventurero que lo lanzó a emprender rumbo. Pero esa ya es otra historia.

1 comentario:

  1. muy interesante tu historia¿ en realidad tienes un antecedente familiar con esa gran aventura o te lo has ficcionado? De igual forma, me pareció bien logrado , es una lástima que no te haya dejado herencia a pesar del homehaje que le hiciste en el blog, yo tú lo presento en la embajada de españa, para se emocionen y buesquen entre los archivos, a lo mejor, te sorprendes, un abrazo Diana Valido

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