lunes, 7 de enero de 2013

Crítica a la educación bancaria. Una experiencia muy personal



Durante una semana regresé a la adolescencia. En septiembre del año pasado participé en el Censo de Población y Viviendas. Mi facultad fue una de las convocadas para apoyar el ejercicio de recopilación estadística más importante realizado en Cuba en los últimos años. A un grupo de profesores y alumnos de la Universidad de La Habana nos correspondió supervisar el trabajo de los estudiantes de la enseñanza media y tecnológica que actuaron como encuestadores en el Censo. Se decidió que maestros y educandos recibiéramos la imprescindible capacitación previa en el mismo espacio, de modo que me tocó compartir aula con algunos representantes de la generación de cubanos nacidos en los albores del presente milenio.

Volver a los quince años fue una experiencia enriquecedora, en tanto me permitió apreciar de primera mano el comportamiento de un grupo de adolescentes habaneros. No caeré en el facilismo de las generalizaciones. Me resulta imposible demostrar que lo observado haya sido una muestra representativa de las prácticas educativas presentes en la Cuba de hoy. Es también simplista afirmar que el modelo de educación vivenciado sea un fenómeno que se circunscriba a nuestro país y una prueba fehaciente de crisis generalizada. Por el contrario, estas prácticas se repiten en el poco mundo que he podido ver, y no son sólo un fenómeno tercermundista y periférico, sino que están presentes en la mayor parte de los modelos educativos. Pero, aclaro, la globalización de la tontería no es de ningún modo excusa para no enfrentarla.

Experiencia enriquecedora y a la vez traumática. Descubrí que la juventud no está perdida como se afirma a veces desde los medios de comunicación, las cátedras, la cola del periódico y los bancos de los parques. Perdido está el modelo de enseñanza que pretende imponérseles. Perdido estará el país del futuro con hijos formados bajo semejantes prácticas. Aprecié de primera mano cómo se practica con total impunidad un modelo de formación verticalista, dogmático, reproductivo, bancario, la antítesis de una enseñanza que tenga como objetivo esencial la liberación del sujeto social.

Cada jornada, de todas las que pasé formándome para participar en el Censo, comenzaba con el canto del Himno Nacional. La directora del plantel donde nos correspondió la capacitación interrumpe el Himno a la mitad y nos pide que cantemos más fuerte. La mayoría ha murmurado la primera estrofa, lo que parece un rezo colectivo. Quizás los templarios fueran al campo de batalla canturreando salmos entre dientes, pero nunca los bayameses al combate. Mientras cantamos, un alumno va izando la bandera. La escena es triste y patética. Parece más bien un funeral que uno de los actos de civismo más hermosos de nuestra tradición educativa. Supongo que nadie nunca les haya explicado a estos muchachos con la suficiente insistencia lo que significa el Himno Nacional para todos los cubanos. O quizás sí. Con machacadora insistencia. Con lamentable repetitividad. Pero no con pasión. Los himnos, como la ropa, se van gastando con el uso. Hay que reinventarlos. Rehacerlos. Resignificarlos.

Y la educación también debe resignificarse. La directora ha hablado largamente sobre el uso correcto del uniforme, una indumentaria que desde hace décadas no ha sufrido la menor alteración en su diseño, tarea que han asumido los propios muchachos encogiendo camisas y pantalones, recortando sayas, agregando pliegos donde no hay. Ante la charla de la directora los estudiantes miran a otra parte. La directora es una buena mujer, una hija de estos tiempos. Luce cansada. Cansada de todo. Cansada de ganar poco a cambio de recibir malos tratos por parte de la provincia que seguro le pide garantizar la docencia en una escuela donde apenas hay profesores, y los que quedan están quizás aún más aburridos de todo que la propia directora. Cansada de unos estudiantes a quien no logra entender, porque por mucho que ella se esfuerce para explicarles el buen camino terminan fumando en el recreo y enredándose a golpes en los baños. Cansada está de que a sus espaldas los exámenes se vendan, que los profesores jóvenes conquisten a las alumnas… Sólo la inercia la mantiene el pie, la convicción de que no sabe hacer otra cosa en la vida, o al menos que no tiene el valor para dejar el oficio de educadora y emprender otra actividad que le permita ganarse la vida.

En nuestra primera clase la profesora, una muchacha que aún no ha cumplido los veinte años,  ordena abrir el libro en la primera página y comienza a leer el texto. Si estamos hablando del Censo de Población y Viviendas podríamos quizás empezar por algunas interrogantes que puedan motivar la atención de su auditorio: ¿Para qué sirve realmente un censo? ¿Se hace en otros países? ¿Qué particularidades tiene en Cuba? Pero no. El universo está contenido en el manual que la maestra se empeña en leer, un manual todopoderoso que aporta definiciones concretas. Cada cierto tiempo detiene la lectura para regañar a algún estudiante que, aburrido, opta por conversar con su compañero de asiento, le pide a otro que se ponga correctamente el uniforme o que se saque el piercing de la oreja. Los regaños son las únicas motivaciones que tiene esta clase, en la que se nos enfatiza que es necesario aprender claramente el concepto de “vivienda”, y saber diferenciar un apartamento de una ciudadela multifamiliar. Hoy estamos hablando del censo, pero imagino a estos mismos muchachos recibiendo día tras día las más diversas asignaturas a través de semejante método. La maestra nos conmina a copiar lo que ella dicta, preguntas y respuestas. Un catecismo que el estudiante debe memorizar y reproducir en el próximo examen. No hace falta que el muchacho lea, basta con aprender de memoria una guía con cinco o seis preguntas, tres de las cuales con toda seguridad “saldrán” el día del examen.

A veces no hay maestros, pero eso no parece importar demasiado. La directora del centro, que ha pasado haciendo un recorrido y vociferando contra los infractores (“muchacho, métete la camisa por dentro”; “muchacho, aquí no se puede fumar”; “muchacho, sácale la mano a esa alumna”) ha comprobado que media hora después de comenzado el turno no hemos entrado aún al aula. “No puede haber nadie en los pasillos”, explica, “entren al aula y esperen por el maestro”. El día anterior el maestro simplemente nunca llegó, estuvimos sentados más de tres horas sin hacer nada, al parecer el maestro estuvo enfermo y el plantel no cuenta con suplentes. Da igual. El pacto social tiene su sentido. La escuela se encarga del estudiante al menos de ocho de la mañana a una de la tarde. Durante ese tiempo no estará en la calle mataperreando y los padres pueden respirar tranquilos. La escuela no es ya un espacio para aprender sino una guardería para adolescentes.

El recreo, por cierto, es a ritmo de reguetón. A media mañana montan un equipo de audio en la plaza de formación y después del timbre se arma una matiné al aire libre. Macumba  nuestra de cada día en un tecnológico habanero. Trescientos muchachos (quizás más) educándose en la cultura del reguetón, un ritmo tan respetable como cualquier otra pero cuyas letras (machistas, vulgares, violentas) son la antítesis de todo lo que debe construirse en una escuela.

No hay motivación por aprender. La maestra está evidentemente castigada en esa aula. El diálogo con sus estudiantes se basa en la coacción (de hecho emplea las mismas expresiones soeces que la mayoría de ellos en el trato cotidiano), y por otra parte su preparación se limita únicamente al contenido del manual. Antes semejantes prácticas el estudiante adolescente, rebelde por naturaleza, asume acciones que tienen como objetivo evadir el cerco asfixiante que le plantea el modelo. En primer lugar, obedecer. El modelo y sus entes reguladores (la dirección del plantel, los profesores, etc.) tienen en sus manos una larga lista de sanciones a aplicar en todo momento, que van desde el escarnio público a los siempre temidos consejos disciplinarios, la citación a los padres, la posible expulsión del centro.

En segundo lugar, la evasión. El estudiante hace como que acata pero no cumple. Repite lo que le dicen que diga pero no se implica. Simplemente adopta como postura el hecho de no tener ninguna, encogerse de hombros y encontrar espacio en el limbo del desinterés generalizado.

El modelo educativo se asienta en los controles y las regulaciones, en el estricto cumplimiento de lo establecido. Poco importa que se impartan buenas clases, siempre y cuando quede constancia impresa de que se han hecho controles por parte de la dirección, los metodólogos provinciales y un largo etcétera de funcionarios reguladores de lo establecido. El día del control la maestra se pondrá su ropa de fiesta y con toda seguridad ensayará con una semana de antelación el guión con sus estudiantes (so pena de castigo) de modo que la puesta en escena resulte perfecta. Se levantarán todos los murales que hagan falta a favor de la tarea de impacto que sea, pero nadie se preocupará realmente por saber qué pasa por la cabeza de estos muchachos, y mucho menos por intentar compatibilizar el universo de estos hijos del siglo XXI con las propias directrices educativas de los órganos superiores, que funcionan en la práctica como un verdadero universo paralelo. Las aulas se han convertido en un campo de batalla entre jóvenes apáticos y frustrados profesores. Y con eso nadie gana.

Ojala llegue pronto una reforma integral de la educación. Totalizadora. Racional. Menos llamado al voluntarismo y más equilibrio entre un ejercicio que exige total consagración y la merecida retribución material al profesor, sobre todo al de los niveles elementales y medio, en quienes descansa la formación de cientos de miles de compatriotas en los espacios comunitarios. Reforma que fomente un mayor reconocimiento por parte de la sociedad al noble ejercicio de la docencia, retos que no se vencerá hasta que el magisterio no deje de ser (económica y socialmente hablando) una de las profesiones peor retribuidas y valoradas. Reforma también de los modelos de educación. Crítica al verticalismo. Lucha por la educación formal. Inclusión real en cada plan de estudio del civismo, la educación del ser humano para vivir y participar en la vida del país.

Educar es un ejercicio consciente de hegemonía. Como nos recuerda Gramsci, son las escuelas las principales instituciones reproductoras del orden social. En las escuelas los seres humanos pasamos la mayor parte de nuestra infancia, la totalidad de nuestra adolescencia y casi toda la juventud. Desde las escuelas, para bien o para mal, aprendemos un conjunto de reglas para vivir en sociedad. Pero también para hacer una sociedad mejor. Para intervenirla. Transformarla. En las prácticas educativas se encuentra el basamento fundacional del país que vendrá en las próximas décadas, de nuestra futura gloria o de nuestra ruina, de nuestra refundación o de nuestra final decadencia.

4 comentarios:

  1. Un interesante articulo que deja mal parado el modelo educativo latinoamericano , sin embargo hay que aclarar que hace años se viene planificando reformas que no llevan a ninguna parte, no puede mejorarse el sistema mientras la estructura de la mayoría de colegios mejore, basta con mirar el estado deprimente de nuestros colegios mas parecidos a campos de concentración y las pobres ayudas educativas del estado. es el caso de la educación en Colombia. (supuestamente un país democrático), ah y para completar ahora cualquier profesional sin ser pedagogo puede ejercer tan delicada profesión.

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  2. Profe ya le había manifestado personalmente que soy una admiradora de su blog. Posts como estosa me confirman por qué me gusta tanto...Afectos Omairy (su alumna del grupo 1 del año pasado)

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  3. Salva! Tremenda alegría leer tu blog compadre. Un abrazo, lo enlazo ahora con el mío, Migue

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  4. Supongo que a lo escrito podrías agregar la terrible correlación entre notas y salarios. Porque es cierto, si el profesor tiene estudiantes suspensos se penaliza su salario. Esto ocurre al menos en toda la educación cubana excepto la universitaria. El agravante viene cuando el estudiante lo sabe. "No importa no estudiar, el profesor me aprueba para que le bajen el salario."
    Por eso vemos un choque sustancial cuando esos estudiantes se enfrentan a una prueba de ingreso o llegan a la universidad donde el modelo cambia un poco.

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