lunes, 30 de diciembre de 2013

Un Power Point para 2014




Estamos en Navidad, y como ya no es cool enviarse postalitas de cartón nos pasamos el día adjuntando papás noeles en el correo electrónico. Treinta y cinco mensajes entrantes. Mis amigos me quieren convencer de que en 2014 nos llegará la buena. O al menos, eso me desean: mucho amor, mucho dinero, mucha salud y mucha buena fortuna. No morirse, que ya es algo, que todo lo demás se consigue con tiempo y paciencia.

Paciencia y tiempo. Como yo, que estoy pensando seriamente en congelar algunos de mis espermatozoides a la espera de tiempos mejores para ser padre. No es mala la idea. Un pomito de semen en la parte de arriba del Haier, justo entre un tubo de picadillo de pavo congelado y una posta de pollo americano. Que todo llega. El fricasé, las croquetas “integrales” de pavo, y un pequeño cabezón que correrá por el patio y demandará 20 CUC mensuales en culeros desechables.

Los buenos augurios vienen siempre en diez o doce diapositivas de color rosa. Angelitos culones y música de Enya para ambientar. Y si quieres que el milagro se confirme debes enviarlo a diez destinatarios (tus amigos del alma o del ciberespacio), y además rezar un Padre Nuestro y dos Avemarías mientras el módem está accediendo a la red, que todo aquello que no mata engorda.

Nuestros cables de cobre, construidos en los días neocoloniales de la Cuban Telephone Company, se recargan ante los rigores de la trasmisión digital del Power Point; el módem resuma como un televisor Caribe, y yo sonrío ante la imperfección del mundo, ante mi propia imperfección, y ante los mecanismos que tenemos los seres humanos –y yo el primero- para procurar felicidad a toda costa, incluso en la irracionalidad de un Power Point que parece montado por Walter Mercado.

Realista (y demasiado) fue sin embargo el Power Point que presentó Marino Murillo ante la Asamblea Nacional. En calidad de supremo veedor de la implementación de los lineamientos para la actualización del modelo económico cubano, Murillo se encargó de recordarme (Power Point mediante) que el trabajo sigue sin ser productivo, que las monedas se juntarán más temprano que tarde como las aguas de Ochún con las de Yemayá, pero que ello no implicará que pueda acceder con mayor facilidad a la carne de puerco del agromercado, ni a la gasolina, ni al cemento, ni a la pintura, ni a los culeros desechables de ese hijo que esperará en el limbo de mi Haier.

Pero como uno en el fondo es latinoamericano y creyente empedernido en el mejoramiento humano, me pondré calzoncillos rojos en la noche del 31 de diciembre, desandaré el barrio con una maleta vacía, y lanzaré un cubo de agua que salpicará a los transeúntes azorados que tengan a bien pasar junto a mi puerta en los primeros momentos del nuevo año. Porque lo importante, lo fundamental, es que nos llegue la buena. Por eso consumimos los Power Point como si fueran galletas chinas de la suerte.

La tradición no es nueva. Hace cuatrocientos años, el Power Point de hoy lo era el Almanaque. No el calendario simple que ponemos en la billetera, o el digital que se despliega en la agenda del teléfono móvil. El Almanaque renacentista, impreso en los oscuros talleres de Ámsterdam, Praga o Amberes, pretendía ser una especie de compendio muy sintetizado del alma humana de los tiempos gloriosos de la Ilustración. Junto a las fases de la luna y las fiestas de los santos, el Almanaque moderno llegaba cada año con citas de Rousseau y Montesquieu, de Voltaire y Tomás Moro. Feliz 1780. A tomar vino que no hay más nada.

Como uno también tiene su corazoncito folclórico, llega el momento de expresar agradeciendo (total, rotundo, absoluto) a los familiares y amigos que me han acompañado a lo largo de este 2013 en la locura total que es nuestra vida. Gracias por compartir a mi lado cada jornada (por improductiva que esta sea), por cada viaje interprovincial en el transporte público o a lomo de botero, por cada esfuerzo en pos del mejoramiento humano, por hacer las cosas bien, por ser justos, por ser honestos, por hacer la luz.

Y por favor, no cometan la tontería de reenviar estas diapositivas a los diez mejores amigos de todo el mundo. No vale la pena. De todas formas, sin Power Point, nos llegará la buena. Algún día.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Chuletas

Todo indica que los tres reyes magos no entrarán por la chimenea, sobre todo porque las casas en el trópico no necesitan quemar leña para calentarse. Además, Santa Claus de seguro murió de un infarto debido a su peso y al colesterol alto. Papá Noel, la versión subtitulada al francés, es más de lo mismo, y en cualquier caso pasará por la Guadalupe y la Martinica, territorios de ultramar, o por el Montreal quebequense, pero nunca por una Cuba donde hasta lo haitiano se aplatana. Así que nada de camellos. Ni de renos. Y si vas a escribir la carta mejor ir al grano y hacerle un correo electrónico sustancioso a la familia de Miami, a ver si nos recuerda y algo manda antes de que cierre el año.

Pero la Navidad es más que eso. Se trata de un estado de ánimo. De una voluntad de felicidad, de compartir lo que se tiene y lo que no, de traer la esperanza a la familia, de querer y de quererse. El árbol de Navidad y los bombillos kirsch no son sólo un medio básico del capitalismo globalizado, ni un truco de los chinos para aumentar sus exportaciones. Expresan la imaginación del ser humano. Exaltan su fantasía. Nos traen de vuelta a una niñez que quizás no tuvimos, pero que quizás debimos tener, y además les da a los niños de hoy la capacidad de soñar con los ojos abiertos…

Me interrumpen los cánticos rituales afrocubanos. No se puede escribir y hacer santería al mismo tiempo. Mis propias ideas se entrecruzan con el lamento de un chivo al que deben estar degollando como parte de una ofrenda a las deidades del panteón Yoruba. El chivo al morir grita idéntico que una mujer loca o que un niño que llora histérico. Es un sonido fuerte y triste para una mañana de invierno, pero están de fiesta los orishas que traen la vida y la muerte a este barrio triste y periférico. El ritual posiblemente se extenderá a lo largo del día y sobre todo de la noche. Estamos en vísperas de Babalú Ayé (San Lázaro católico), el milagroso, señor de las llagas y de los perros.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Esperma

Mis padres celebran el día en que me concibieron con entusiasmo hippie. No es frecuente asar un pollo y descorchar vino en honor a un espermatozoide que llegó de primero en la carrera ancestral de la reproducción humana. Me hicieron un 7 de diciembre, día en que los cubanos conmemoramos la muerte de Antonio Maceo, el general más grande y más bravo de nuestras guerras de independencia. Ese día, la radio y la televisión trasmitían música patriótica, así que nada mejor para pasar una tarde de invierno que haciendo aquello que se dice hacen los guajiros cuando se pone el sol.

A veces se me olvida que mis padres también forman parte de la libertina generación de los sesenta, la única en la historia de la humanidad libre del temor al infierno, bendecida por los antibióticos, y sin el fantasma del SIDA planeando sobre sus cabezas.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Papas

 
Mi reino por una papa hervida. Eso. Una papa hervida. Pequeño tubérculo coño de su madre que del agro se fue y nunca más volvió. ¿Dónde están las papas? No quiero ni carne de res (me estriñe), ni leche condensada (me engorda), ni filete de claria (no puedo con la mirada ceñuda de ese bicho), ni croqueticas de pollo (proteína nuestra de cada día). Tan sólo una papa. Una papa hervida. Una reluciente y hervida papa para aplastar y comer con mantequilla.

Fíjate que no estoy pidiendo un viaje a las Bahamas con todos los gastos pagos. Ni que Telesur trasmita las 24 horas. Ni que mejore el transporte urbano y que por el río Almendares corra leche en vez de mierda. Sólo quiero una papa. Y hervida. Con mantequilla y algo de sal. Sólo eso. Nada que suba la presión o el colesterol. Tampoco una gozadera de chocolate Nutella ni medio pie de limón (bien sé que no nos podemos dar el lujo de tomar por asalto al Valhala culinario). Sólo una papa hervida para comenzar la semana con el pie derecho, para que nos llegue la buena, para que todo tiempo futuro sea necesariamente mejor. O para que al menos el futuro sea.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Lawton

Un alcohólico por cada cinco habitantes y un panadero ilegal por cada tres. O te mueres del hígado o de una subida de presión por comer tanta harina. Tamalero. Tamales. Tamales calientes. Jarros, haraganes, palitos de tender, juntas de olla, aromatizante. Dale, que llegó el pollo de dieta. Sacaron huevos en la Calzada. Échale desincrustante al baño, y si no se le cae la costra se lo dejas de un día para otro. Eso que sale en la pared es humedad, por mucho que pintes no se le va a quitar, porque dicen que este barrio lo construyeron encima de un pantano.

El mes pasado recogieron la basura. Se la llevaron toda. Y la esquina quedó absolutamente limpia. Durante media hora, y con algo de imaginación, parecía la calle de un barrio de clase media en Toulouse, todo organizadito y sin rastro de caca. Llegó entonces la primera carretilla de escombros, y la yerba de un patio de más allá, y media libra de cáscaras de plátano, y el vómito y las heces de alguno de los borrachos de turno. Y nada, el polvo que vuelve al polvo, la mierda a la mierda, y nosotros a lo que somos.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Refutación de la moral barriotera

Moral en crisis o crisis de la moral. Por lo primero podría entenderse un paquete de prácticas sociales, una especie de “cápsula de virtud” que se puede descargar (como si se tratara de la actualización del Windows 7), inocularse en el cuello de un descerebrado y volver así en milagro el barro. También ahí cabe eso de la “moral y las buenas costumbres”, un recetario de modos de conducta siempre demasiado conservador, porque remite a la forma (apariencia) y no al contenido (esencia).

Mejor hablar de una crisis de la moral. Porque existe y se multiplica una determinada forma de entender y regular la vida en sociedad. Una moral de la sandez y la anticultura. Una moral de la chusmería. Una moral del maltrato. Una moral de sálvese quien pueda. Una moral de yo te grito, tú me respondes y yo te doy. Y te doy duro, y si no puedo con la mano te doy con un palo, con una cabilla, con la puerta de un refrigerador Haier… Una moral de tú a mí sí que no me sabes nada, de lo mío es con cualquiera, de me llamas a la policía, al ejército, a los bomberos, al Consejo de Estado… porque a mí no me para nadie; lo mío, ya lo dije, es con cualquiera.

lunes, 4 de noviembre de 2013

En defensa del 3D

Me cuentan que cuando se construyó la comunidad ecológica de las Terrazas, uno de los proyectos comunitarios más hermosos de la Revolución Cubana, se levantaron las casas pero no se hicieron los caminos entre una y otra. Los creadores esperaron a que los lugareños abrieran los senderos con sus pasos, y una vez se tendieron los puentes naturales entre gente y gente, entre viviendas y bodegas, policlínicos y centros educativos, llegó el camión con las losas y se alzó el pavimento. Fue la población, a partir de sus propias necesidades, quien interconectó el pequeño pueblito.

lunes, 21 de octubre de 2013

Maracaibo

A veinte metros de mí hay un señor destruyendo el folclor musical venezolano. Es la gaita zuliana peor cantada que he escuchado en toda mi vida. Llevo ya dos horas escuchándolo y francamente no puedo más. En otro contexto, semejante ataque contra la moral sonora podría terminar con sangre. Como ocurrió el mes pasado en la Cárcel Nacional de Maracaibo en la que se enfrentaron dos pranes (bandas carcelarias). La reyerta dejó un saldo de 16 reos muertos y la proclamación de "El Mocho Edwin", un joven de 30 años, un carajo, como máximo pram de la cárcel. Algunos de los miembros del pram vencido terminaron tristemente mutilados al mejor estilo de Kill Bill. A uno le sacaron el corazón, a otros los ojos y a un tercero el pene.

lunes, 14 de octubre de 2013

Elysium

Estamos en el año 2154. Ya para ese entonces el planeta Tierra se ha terminado de convertir en una maquila global superpoblada. Los bárbaros cruzaron todas las fronteras y la ciudad de Los Ángeles es ahora una mega-urbe latinoamericana controlada por bandas criminales. Ante este escenario apocalíptico, los ricos escaparon al espacio exterior, a una especie de Beverly Hills en las estrellas. Viven en un "hábitat controlado" llamado Elysium, una gigantesca estación espacial que orbita en torno a nuestro planeta. De vez en cuando bajan a la Tierra para atender sus negocios escoltados por súper robots, ciber policías encargados también del control burocrático-represivo de los terrícolas.

lunes, 7 de octubre de 2013

La crisis del papel toilette

La clase media siempre está fregada. Es una ley histórica. Lo dije una vez y alguien levantó los ojos al cielo en actitud de San Francisco recibiendo sus estigmas. Como si no fuera siempre lo mismo. Las revoluciones se hacen para los desarrapados, para aquellos que como decía Marx (me encanta la metáfora) no tienen otra cosa que perder que las cadenas. Por eso son épicas. Y la clase media no puede serlo. Si acaso te lanzas por la ventana a apostrofar franceses, como la Sofía de El Siglo de las Luces, pero hasta ahí. Sofía nunca habría entendido las pequeñas miserias que se solapan en el gran óleo de la lucha de clases, si acaso, la Sofía de Humberto Solás… pero esa es una adaptación para cine.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Un sábado en Caracas


Comencé la mañana con un periódico y una taza de café con leche en una terraza de la avenida Francisco de Miranda. Todo très bourgeois. Como esta parte de Caracas, llena de librerías, tiendas de delicatesen, bares y cafés. La burguesía latinoamericana, que heredó el gusto por la belleza de los aristócratas europeos, tiene un doctorado en esto de gozar la vida. Lo demás es retórica de café con leche, justo como el que me estoy tomando en esta terraza de Chacao, a años luz de la lucha de clases y la guerra económica que por estos días azota a Venezuela.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Violencia

En la parada de la guagua una anciana arrastró por el brazo a su nieta, que jugaba en un rincón sin meterse con nadie. La haló. La vapuleó. La empujó hasta un banco y le dijo se quedara quieta. La vieja, indiferente al dolor, mientras la niña lloraba para que la dejaran seguir jugando. La vieja (con alma de vieja) le hizo saber a su nieta que ella era toda la autoridad, la suma pontífice, la representante del poder en aquella destartalada y triste parada de ómnibus, el agua en el desierto habanero, el alfa y la omega. Y la nieta no era nada. Pura plasta. Caca. Un animalito inválido y llorón a quien sólo le quedaba lamentarse en silencio.

—Porque si gritas te pego más fuerte. Si lloras te pego igual. Así que silencio y obediencia. Piernas y brazos quietos. Anúlate. Suprímete. Apachúrrate. Vuelve a ser feto. O mejor, no seas.

Y lo más triste es que seguro la vieja no tiene la culpa por ser una bandida, una psicópata en toda la trágica extensión de la palabra. La vieja tuvo una madre y una abuela que la vapulearon con total entrega, un marido que ejerció sobre ella toda la violencia posible; e incluso hoy, cuando ya había pasado por todo en esta vida, unos hijos que la van a ver sólo de vez en cuando, y el día en que lo hacen, es para traerle al curiel de mierda ese que es su nieta, una niñita delgadita y triste, igual que lo fue ella sesenta años antes, cuando todavía no era una vieja de mierda, cuando todavía tenía ilusiones, cuando aún creía que el amor era capaz de engendrar la maravilla.


lunes, 16 de septiembre de 2013

Otoño

Me fui a comer pizza y a ver la podredumbre que circunda los restaurantes de moda del Barrio Chino de La Habana. Todo un poema. La mierda y los bicitaxeros junto a la mejor pizza del mundo. Mi reino por una crema de champiñones y una tabla de quesos con frutos secos. Por un momento, justo después de comerte la pizza y antes de pagar la cuenta, logras evadirte del calor, de los traumas que se acumulan, de la neurosis, y en el restaurante climatizado la vida se torna perfecta.

Brindas con refresco de cola o con vino, con agua carbonatada o con esperanza. Venga la esperanza. De cualquier color. Lo importante es que las copas choquen y que por un instante se detenga el tiempo. Como un orgasmo. Durante una milésima de segundo el hombre de las cavernas olvida la humedad de su cueva, el esclavo el sonido del látigo, el labriego el sabor del ajo y el lecho apestoso a la sombra del campanario; el proletario de Marx, la tuberculosis y el hacinamiento de las barracas junto al Támesis. Y yo, que también tengo un corazón que late, me olvido de mí mismo. De lo que soy y de lo que podría haber sido. De lo que seré.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Cintas amarillas

A René González, héroe nacional de este lado del Estrecho y espía convicto para los grupos anticastristas de la Florida, se le ocurrió desempolvar la esperanza con un acto de comunicación que ha movilizado voluntades en toda la Isla. René pasó casi quince años en cárceles de los Estados Unidos. Fue acusado y condenado por espiar a grupos que proponían la caída del gobierno cubano mediante acciones violentas. Sin embargo, no se le pudo probar que su accionar pusiera en riesgo la seguridad de los Estados Unidos. Bastaba entonces un canje de espías, como se procede siempre desde los tiempos de la Guerra Fría, pero el diferendo y la bobería hicieron lo suyo. Fue el rehén de una política de enfrentamiento sistemático que lleva ya más de cincuenta años. Y que, francamente, aburre.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Una foto de cumpleaños

La madre, que está haciendo funciones de primera secretaria en esta modesta celebración, ha dado la orden de avanzar hacia el pastel. Veinte niños se arraciman de un lado de la mesa, de modo que quede abierta para la fotografía de rigor la cuarta pared del teatro. Frente a los niños se despliegan cincuenta centímetros cúbicos de merengue y panetela. Rodeando el cake, igual que los menhires de una mezquita, cuatro botellas de refresco de cola nacional, y si hay pobreza (que a veces la hay) cuatro botellas de refresco instantáneo de uva, que asemeja el color de la Coca-Cola, y al final es para la foto.

lunes, 26 de agosto de 2013

La ruta del Che

Estamos a más de seiscientos metros sobre el nivel del mar y es agosto. Hay un calor pegajoso, como si estuvieras metido en una película sobre la guerra de Vietnam. Hablamos sólo lo imprescindible. Ya a esa hora de la tarde no hay ni tiempo ni ganas para hacer fotos y admirar el paisaje. Lo bucólico da paso a la lucha por la supervivencia. Pronto oscurecerá y la selva tropical cubana no entiende de poesía. Falta aún muchísimo camino para regresar a la base de campismo donde pasaremos la noche, un vallecito infectado de santanilla (hormigas de fuego) en el que instalamos las casas de campaña.

La jornada comenzó muy temprano y en todos los sentidos ha sido un día largo, en el que hemos andado 18 kilómetros hasta lo alto del Caballete de Casa, una de las alturas más importantes de la cordillera central cubana, la Sierra del Escambray. En lo más alto de estas lomas el mítico Che Guevara instaló un campamento en el año final de la insurrección guerrillera contra Fulgencio Batista. Ha pasado medio siglo, y ya el musgo y las nubes que atraviesan los montes se han encargado de tejer la leyenda de aquellos años fundacionales.

martes, 20 de agosto de 2013

Hasta la victoria siempre

 
Ya estábamos terminando la segunda despedida, esta vez en la escalera, cuando salió la frase. Hacía calor, como siempre en estos días, y teníamos de fondo el estrépito de los vehículos pasando la avenida. Con esa frase intenté hablar de ilusión y de luz de futuro, y por un momento la sopa Campbell de Andy Warhol fue pura sopa y no obra de arte, y el Che Guevara fue Che, un joven que creía en la utopía, y no el motivo de una camiseta pop.

Tampoco sonó la frase a grito de guerra (señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo). A final triunfal (se abrirán las Grandes Alamedas). A telón que cae (viviremos y venceremos). A tragedia (no pasarán). La frase de despedida intentó serlo de esperanza: Breve brisa y rayo de sol que ilumina y limpia la Habana en agosto: Futuro mejor y posible: Sueños.

lunes, 29 de julio de 2013

La (mala) educación

La infancia se extingue. Ya apenas si queda tiempo para soñar con castillos y princesas. Salgari ha muerto. Y Verne. Y Alejandro Dumas. Y la cabeza de Sherezada terminó cortada en un canasto a manos del sultán, quien no tuvo paciencia e interés por continuar la historia la segunda noche. Si acaso, Harry Potter, y más por las palomitas de maíz del multicine y los efectos en 3D, que por la magia trepidante de la historia.

lunes, 22 de julio de 2013

Apología del sofá

Como Homero Simpson. Terminé dormido y babeado en el sofá de la sala. Son las cinco y pico de tarde, y la televisión trasmite un concierto del grupo español Mocedades, con una estética ochentera que parece salida del libro de fotos de la boda de mis padres. Muchas hombreras, pelos rizados, bigotes a lo Pedrito Calvo y las mujeres con unos vestidos cuyo diseño evoca las cortinas de un teatro. El ventilador que apenas mueve la atmósfera cargada, la tormenta a punto de caer sobre La Habana, y Mocedades con el aquello de “eres tú como el agua de mi fuente…” Nada más que pedirle a una tarde aburrida de verano.

lunes, 15 de julio de 2013

Mariposas y peces

Ayer amaneció una mariposa muerta en mi ventana. Una mariposa bruja, grande y de color oscuro, visitante nocturno que terminó su primera y única jornada de existencia con los primeros rayos del amanecer. Las mariposas viven muy poco, apenas si lo hacen. Debe ser una gran jodedera pasarse la vida como gorda y sedentaria oruga consumidora de hojas, meterte después en una crisálida más estrecha que un apartamento “afectado” de la urbanización de Alamar, y finalmente cuando abres las alas y vuelas al sol (o a la luna, como fue el caso) venir a morirte. Es como si se cayera el avión que te conduce a tu primer viaje fuera de fronteras.

lunes, 8 de julio de 2013

Celebración de la periferia

Tenemos que prohibir que los almendrones (taxis por puestos) circulen por la Avenida del 10 de Octubre, la arteria populosa y decadente que conecta a la ciudad de norte a sur. Porque el viajero que transite desde el céntrico barrio del Vedado hasta la pueblerina estación de La Palma termina deprimido ante la vista de tanto derrumbe, porquería, abandono, tristeza y decrepitud.

O peor aún, la exposición continuada a este escenario natural de la desgracia humana termina incorporándose a nuestro modo de vida; y cuando el espíritu se acostumbra a la infeliz contemplación de la mierda, al punto de verla como una realidad inevitable e inherente por tanto a la vida cotidiana, el ser humano se aleja cada vez más de su condición de ser pensante. Porque la vida humana es la oportunidad de disfrutar y crear belleza, o simplemente -al menos vida- no es.

miércoles, 26 de junio de 2013

Para soñar

Llego a casa después de dos semanas trabajando a tiempo completo en las defensas de las tesis de diploma en Periodismo. En los últimos días he actuado como oponente, miembro de algunos de los tribunales examinadores, y también como tutor de cinco investigaciones. He compartido la felicidad de los muchachos y de sus familias, y he sudado también con el calor infernal de este verano en la Facultad, sin ventiladores ni aire acondicionado. Por cierto, pretender hacer ciencia a los 35 grados Celsius pegajosos de las aulas de Bohemia es casi una entelequia, que supera con creces las valoraciones de Jorge Mañach en torno a la imposibilidad de hacer filosofía en un país con 75 grados Fahrenheit de temperatura promedio.

jueves, 6 de junio de 2013

La Habana en 3D

Hoy despedí a mis vecinos. Me desperté a las tres de la mañana, doce horas antes de que mataran a Lola y de que mi ciudad calenturienta recibiera los primeros chaparrones del verano. El agua nos limpia las tristezas del cuerpo y del espíritu. Café con leche. Dos galletas. Telesur que no trasmite tan temprano. La conexión rápida a esa hora. Cubadebate. El País. El Universal de Venezuela. Cuatro correos del trabajo, tres de la familia y los amigos allende y aquende las fronteras.

Fue una despedida rápida y triste, de un solo abrazo. Abordaron rápido el auto que los condujo al aeropuerto. Justo en ese mismo momento una vieja cruzaba la calle con un carro destartalado de hacer mandados. El carro se movía tembloroso detrás de ella. Todavía no eran las seis de la mañana y lejos, de espaldas al mar, se veían los primeros resplandores del amanecer. Con la vieja, el taxi, la despedida, el sol del nuevo día y mis propios pensamientos podría hacerse una película melancólica y de final abierto, como son las cosas realmente en esta vida.

viernes, 24 de mayo de 2013

Verano

Estoy montado en un P3 con 40 grados de temperatura y a dos paradas de un ataque de histeria. Sí, de histeria. Los hombres también lloran y los carniceros del agromercado de 19 y B de vez en cuando van al cielo. Todo es posible.

El ómnibus lleva media hora detenido en la parada de la Virgen del Camino, lugar polvoriento y cloacal de esta Habana que ya suda las primeras calenturas del verano. El chofer ha dicho que no va a arrancar hasta que no pueda cerrarse la puerta, pero hay por lo menos diez personas arracimadas a la misma con la desesperación de un balsero a su balsa. La cosa pinta para largo.

Dios, que aprieta pero no ahoga, nos envía una pequeña brisa. Durante dos segundos se cuela el fresco entre la porquería que circunda a la Virgen del Camino, y se va escurriendo, mágico, entre las cuatrocientas personas que me acompañan en este ómnibus articulado. Respiro. Exhalo. Un niño aprieta una paloma que desesperada lucha por escapar de esta atmósfera cargada. Si yo fuese paloma me esforzaría por picar al niño y salir volando… pero antes (y disculpen los pudorosos) me cagara en la cabeza del chofer. Este último tiene puesto a Álvaro Torres del modo en que se disfruta la música en el Caribe: a todo meter. Álvaro Torres es un monumento a la cursilería latina dondequiera que se escuche, pero a 40 grados en un ómnibus habanero es el infierno de Dante.

He tenido un fin de semana de perros, y esta larga espera tan solo viene a confirmar la relación dialéctica que se establece entre las guayabas verdes y los males del culo. Mi vecina, que es una santa, está haciendo su casa nueva, y ayer sábado estuvieron sus albañiles golpeando la vida con un martillo de aire hasta las diez y media de la noche. No protesté. Si protesto me hubiera mentado con todas sus letras el órgano reproductor masculino. En los barrios las situaciones se resuelven de este modo. Es la actitud del pirata que aborda el barco vecino con un cuchillo entre los dientes.

Mi casa en Lawton City es un horror de polvo y calor. Calor y polvo. Mi cama por la tarde parece una sandwichera después de un día agarrando la radiación solar que atraviesa el techo. Allá César Vallejo que se murió en París un día de lluvia. Ya yo lo tengo claro. A mí me llegará la última hora un día de verano justo a las tres de la tarde, cuando del techo está bajando todo el calor concentrado del trópico, y el sudor se te pega al cuello como el asma a los pulmones. A esa temperatura no se piensa, y si se existe es tan sólo de modo precario.

Sudo y sudo dentro de mi P3 varado en la Virgen del Camino. Un nuevo verano que llega a mi Habana periférica. El sol que quema y lo muestra todo tal y como es, en especial mis propias ideas que lucen claras y tristes bajo la luz estival.

martes, 21 de mayo de 2013

La integración cultural de América Latina, un acercamiento a la utopía de Bolívar y Martí


Por Salvador Salazar y Yinett Polanco
Texto publicado originalmente en La Jiribilla

De las dunas que circundan las márgenes del río Bravo mexicano a las estepas gélidas de la Tierra del Fuego. El Caribe y los Andes. Atacama, el Amazonas y el istmo de Panamá. Español, portugués, africano e indígena. Todo mezclado. El pan, la arepa y el cazabe. La cerveza y la chicha. La salsa, el jazz y la flauta indígena; la cumbia, el joropo, y los lamentos del gaucho en la pradera. Diego Rivera, Pablo Neruda, Wifredo Lam y Rubén Darío. Bolívar, San Martín, Túpac Amaru y José Martí…

América Latina es una utopía que se viene construyendo desde hace 500 años. Utopía no en el sentido de quimera inconquistable, sino de horizonte posible al cual dirigir nuestros pasos. Fue esta la tierra prometida a la cual arribó el hombre europeo que huía de la rígida estamentación feudal; el criollo entonces nació —por esencia— libre, con una concepción del mundo horizontal y democrática, que se fue imponiendo a las aristocracias locales. Como afirma el historiador cubano Sergio Guerra Villaboy (2001), la historia de América Latina es precisamente un complejo proceso de formación de la conciencia y el Estado nacional, es decir, el paulatino autorreconocimiento de una cultura y una identidad propia.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Alma Mater

Bailan por placer. Porque les da la gana. Porque cuando bailan son libres y son grandes. No importa que en la beca a veces no haya agua, que el elevador en ocasiones esté roto y deban subir doce pisos de escaleras. Cuando bailan se olvidan de la lista de espera en la terminal de ómnibus para ir a sus casas lejos de La Habana, del precio de los boteros que te acaban la vida, de la dificultad de los exámenes. Todo es baile. El ritmo está en el subsuelo de esta isla musicalmente telúrica. El ritmo y las ganas de hacer, de sobreponerse a todos los inconvenientes de la vida diaria.

Bailando convierten en milagro el barro. Y no es muela. La mayoría llegaron como Oliver Twist o Vito Corleone a una ciudad que les pareció inmensa y mágica, una ciudad que sin ser Nueva York o Londres tiene la virtud de tragarte de un mordisco sino te adaptas rápido a la locura del sobrevivir cotidiano. Otros ya habían nacido en la capital de todos los cubanos, algunos en su inmensa e incomunicada periferia, el resto más cerca de la sombra neoclásica de la Universidad.

El grupo de baile les permitió socializar, integrarse, comulgar en una causa común, estructurarse en una comunidad de amigos que no para de soñar. A donde llegan se roban la fiesta. El baile los enseña a desarrollar habilidades sociales de todo tipo, como la comunicación extrovertida y la capacidad para ambientar con los más diversos públicos, desde el catedrático hasta el reguetonero. Han logrado desarrollar una red (inter)generacional e (inter)nacional de amigos: almamateros se hacen llamar viejos y jóvenes, lo mismo en La Habana que en Madrid, en lo más profundo de Pogolotti que en algunas residencias con jardín de Miramar.

Desde hace 35 años diferentes generaciones de estudiantes de la Universidad de La Habana se vienen reuniendo varias noches de la semana para montar coreografías y girar sobre la pista. Con sus altas y sus bajas, el grupo Alma Mater resistió a la crisis económica, a los recortes presupuestarios, y al propio envejecimiento de algunos de los puntales de la agrupación.

La semana pasada cientos de personas ovacionaron al grupo, que celebró su aniversario con una gala en el teatro Mella de esta ciudad. Al terminar la función algunos de los bailarines salieron corriendo para abordar uno de los siempre atestados ómnibus que recorren la calle Línea del Vedado. The show must go on. Se montaron por la puerta de atrás, burlando el pago, la cola y la voluntad del chofer. Truhanes. Bienaventurados estos hijos de la corte habanera de los milagros: jóvenes que inventan y luchan, que viven y sufren, que aman intensamente, ríen y lloran en las noches habaneras. La juventud universitaria que late y existe, crea y construye, funda y sueña.

Sudados, llegarán esa noche a la beca o a la casa. Al huevo frito con arroz y al cubo de agua fría tirado sobre el cuerpo con un jarrito. No son felices en la pobreza y la humildad, ni amantes de la política del buen salvaje, pero sí están más cerca de la idea trascendental de un mundo posible en el que la gente haga cosas por el puro e inmaterial placer de ser mejores, de superarse, de crecer. Allí, en esos pequeños actos y esas pequeñas cosas, está precisamente el espíritu universitario del Alma Mater.

lunes, 6 de mayo de 2013

El regreso

–Bienvenido a la Patria, -me saluda la joven oficial de aduanas. Y del modo en que lo dice la Patria me parece algo tangible e imponente, sagrado quizás: el saludo de un soldado que regresa del frente, la tierra de la que habla Martí por boca de Abdala, la Marianne cubana con peplo y gorro frigio; pero también el hogar, la luz del sol, los olores, y el único sitio en todo el mundo donde te sientes totalmente libre. Nada, que los hombres representamos nuestra existencia a través de símbolos.

La estera escupe una maleta cuyo contenido tiene la densidad de un agujero negro: 27 kilos compactados hasta el infinito. Adentro hay tres libros, un par de zapatos para cada miembro de la familia, una batidora y un rocambolesco etcétera que incluye los tomacorrientes de toda la casa, una reserva de champú anticaspa para tres meses, culeros desechables para bebé, y la edición más reciente de El Universal de Caracas, cuyos titulares (para no variar) le piden la cabeza a Nicolás Maduro con el mismo entusiasmo meticuloso con el que criticaron a Hugo Chávez durante catorce años. Mi maleta podría ser perfectamente la de un travesti aprendiz de informático y conserje multioficio. Lo mismo puede aparecer un juego de memorias RAM para la computadora, que un taladro eléctrico, que pinturas de uñas y tintes para el pelo. Mi maleta es un resumen de las necesidades más urgentes de la familia. No me quejo, pero parezco un beduino.

Cada viaje es un triunfo a la maldita circunstancia virgiliana de estar rodeado de mar por todas partes, a la claustrofobia isleña. Ironías e hijeputadas de la vida, se pasaron cincuenta años diciendo que los cubanos no podríamos viajar porque no nos autorizaban, y cuando el gobierno decide levantar el obsoleto permiso de salida las embajadas se aprestan a aumentar los controles para concedernos visado. Pregunto, ¿por qué tenemos que pedir visa para ingresar al cristianísimo e iberoamericano Reino de España cuando nuestros compatriotas ecuatorianos, peruanos y chilenos no la precisan? Lo mismo sucede con otros muchos países del área con quienes nos unen vínculos históricos y culturales. Mi pasaporte, como el de Mayakovski en su momento, no abre puertas en las embajadas de este mundo, si acaso, a lo sumo, un perdido consulado bielorruso o quizás una islita del Pacífico imposible de ubicar en el mapa.

El fin de la prohibición para salir a ver mundo ha creado un actor social en extremo sui generis: el mulo aéreo. Particulares cuyo negocio consiste en satisfacer la demanda que provoca la inexistencia de un mercado mayorista para el cuentapropismo insular. En la práctica, son personas que han logrado hacerse de un visado a perpetuidad y viajan varias veces al mes a países sobre todo de América Latina en busca de artículos de buhonero. No los critico. Cada quien tiene el derecho a buscarse la vida como mejor pueda, y su comercio alimenta los bazares de ropa ecuatoriana que populan en toda Cuba. Eso sí, el vocabulario y otras prácticas sociales de los mercaderes aéreos que me acompañaron en el avión son una romántica evocación a un contén centrohabanero: malas palabras, guapería, y hasta ron servido en vasitos plásticos desechables...

-Bienvenido a la Patria, -me digo a mí mismo. Las puertas del aeropuerto se abren cuando me acerco arrastrando el carrito. Afuera el sol quema y los boteros gritan desde sus almendrones. Estoy en casa.

domingo, 21 de abril de 2013

Venezuela, elecciones presidenciales, una visión muy personal

Texto publicado en http://www.cubahora.cu

Cuando visitas Versalles, el palacio de la monarquía absoluta francesa, terminas preguntándote por qué demoró tanto en estallar la Revolución de 1789. Cada puerta, cada espejo, cada moldura de las tantas que decoran al palacio más fastuoso de Europa, simbolizan la explotación ingente a la que estuvo sometido por siglos el pueblo galo, el famoso Tercer Estado compuesto nada menos que por el 99 % de la población francesa de la época.

Esa misma pregunta, pero en este caso por contraste, es la que se hace el visitante cuando el avión se acerca al aeropuerto internacional de Maiquetía, y la primera visión que tiene de Venezuela son los cerros populares, las pequeñas casitas que se aferran de modo precario a las laderas que rodean el Valle de Caracas. La revolución en Venezuela no fue un capricho de hombres visionarios como Hugo Chávez, sino una necesidad histórica, una tarea pendiente desde la época de los padres fundadores de la patria americana.


Revolución que tuvo como objetivo esencial el reparto equitativo de la renta de uno de los países con mayores recursos naturales del mundo. La política social de catorce años de gobierno chavista se ha traducido básicamente en una implementación de misiones sociales en materia de salud y educación gratuitas, alimentación y empoderamiento ciudadano. Los resultados hoy día se encuentran a la vista: ha disminuido abismalmente la indigencia económica y cultural en Venezuela.

Por supuesto, son todavía mayúsculos los retos a enfrentar. El subdesarrollo cultural no se erradica con la misma facilidad con la que se suprime el hambre o la falta de acceso a la salud pública. La inopia mental, y las prácticas simbólicas a ella asociadas (corrupción, violencia, indisciplina) son resultado de siglos de inequidad, de explotación sistemática, de políticas encaminadas a invisibilizar a los que nada tienen. Cada proyecto económico, político y cultural emprendido por Chávez estuvo sometido no sólo a la resistencia activa y consciente de la burguesía nacional, sino también a estos males. De ahí que precisamente lo que hoy se discuta en el terreno público es la continuidad de esta lucha por la emancipación mental, o la vuelta a políticas y prácticas tradicionales.

Sin embargo, y más allá del contexto electoral, el mayor aporte del chavismo ha sido en el terreno simbólico. La pobreza ha dejado de ser una mala palabra; los indigentes, los parias de este mundo, ya no se esconden debajo de la mesa. El ejercicio de la política no es ya el monopolio de una clase o de un grupo social tradicionalmente empoderado, para volverse una actividad cada vez más pública. En todos estos días la política ha estado en el centro de la actividad diaria de los venezolanos. La gente en la calle opina en torno al país que quiere y defiende, con la pasión del que sabe exactamente lo que está juego.

Cuentan que en la Francia revolucionaria los que sabían leer se ubicaban en las esquinas y plazas públicas para comentar los diarios del día a las masas. En América Latina, por el contrario, el discurso político se expresa mayoritariamente en símbolos visuales y sonoros. Carteles y canciones recorren Venezuela. La campaña política es también un espectáculo: se canta, se baila, se representa en la vestimenta la filiación política.

A las doce de la noche del jueves 11 de abril terminó oficialmente la campaña política por la máxima magistratura de la nación suramericana, unos comicios que si bien se consideran como los más cortos de la historia republicana de Venezuela, también están entre los más intensos. El visitante que por estos días recorre las principales ciudades del país, sabe que de un modo u otro está presenciando uno de los momentos más trascendentales de la historia de América Latina. El Tercer Estado, los pobres de este mundo, están decidiendo acerca del país de su futuro.

sábado, 20 de abril de 2013

Alfredo, un abrazo en donde quiera que estés

Se confesaba seguidor de Maximilien Robespierre, el primero de los jacobinos, y de Paul Lafargue, el yerno santiaguero de Carlos Marx. Afirmaba a quien quisiera escucharle que el socialismo es ante todo posibilidad de mundo mejor, horizonte no concretado, pero destino tangible. Nunca lo escuché decir que creyese en la resurrección de la carne, pero estaba convencido de la refundación de las ideas. No por gusto insistió en que en un cuadro del pintor Mariano Rodríguez, titulado precisamente “La Resurrección”, presidiera las jornadas del último Festival de Cine de La Habana.

Alfredo se sentía a gusto entre poetas, escritores y pintores. Leía a los clásicos de la filosofía y aún soñaba visitar, por última vez, el París de su juventud. Los libros lo acompañaban a todas partes, desde gruesos tratados de historia del arte, ensayos políticos, y las últimas novelas que los amigos le hacían llegar desde diversos lugares del mundo. Siempre concebía nuevas ideas. Por eso, a los 88 años con los que murió, era aún un muchacho joven, que lo mismo podía citar fluidamente a un autor francés que mandarte al demonio si así lo consideraba pertinente, con una cubanía universal que pocas veces se ha visto en nuestra Isla.

jueves, 18 de abril de 2013

Qué viva la Revolución

Es domingo 15 de abril en Venezuela. Frente a mí, como sonido ambiente, un televisor que trasmite los últimos sucesos de la campaña electoral. Nicolás Maduro versus Henrique Capriles peleando el sillón dorado de Miraflores. Grandilocuencia. Verbigracia. Llamados que todo el mundo lanza al pueblo. A votar temprano. A votar tarde. A no comerse los votos como hicieron dos incivilizados en Maracaibo. A escupirlos cívicamente dentro de la urna electoral. A aceptar los resultados. A no aceptarlos. A la concordia. A la revuelta. Mensajes que llegan al teléfono móvil convocando a las barricadas o celebrando la victoria. Fuegos artificiales que inundan el cielo de la ciudad tres horas antes de que el Consejo Nacional Electoral (CNE) proclame oficialmente al vencedor. Todo el mundo canta. La Marsellesa, el Ça ira, o el himno de la Falange. Se canta y se celebra. Y todo siempre es histórico, patriótico, altisonante, frigio.

Y yo, por coincidencias de esta vida, me paso el domingo electoral leyendo Los dioses tienen sed, el libro de Anatole France inspirado en la fase jacobina de la Revolución Francesa. Nihil novo sub solis. Al joven y apasionado revolucionario Evariste Gamelin, protagonista de la novela, te lo puedes encontrar paseando por la avenida Bolívar de Caracas. No pasarán. Nunca pasarán. Pero al final pasan, a veces de manera no tan evidente como un Muro que cae en Berlín o las trincheras rotas del Madrid republicano. Lo curioso es que pasan pero ya nunca las cosas volverán a ser igual. Después de Luis XVI guillotinado no vendrá otro monarca absoluto. La gente se acostumbra a mirar el sol de frente sin encandilarse.

viernes, 12 de abril de 2013

La chusmería

Estoy atravesando los portales con olor a orine del Museo de Bellas Artes (Arte Universal). Entre el antiguo palacio del Centro Asturiano, sede actual del museo, y la cercana Manzana de Gómez existe una plaza adoquinada. A esa hora del día, diez de la mañana aproximadamente, el lugar está lleno de turistas sacando fotos, vendedores ambulantes y gente de toda índole. De momento una muchacha de doce o trece años se para en el centro de la plaza. Lleva uniforme de tecnológico ajustado a la posmodernidad habanera del siglo XXI. La falda diez centímetros por encima de la rodilla, la blusa apretada y con los primeros botones abiertos enseñando un busto, ya no de niña impúber sino de madona renacentista. Bajo el brazo una carterita minúscula y provocativa, más de prostituta de puerto que de estudiante de enseñanza tecnológica, carterita donde a lo sumo cabrán tres preservativos y una caja de Hollywood mentolados (uno de los cuales está fumando), pero nunca, nunca, una libreta y mucho menos una buena idea.

jueves, 11 de abril de 2013

Literatura

El otro día me topé con Las horas, la novela de Michael Cunningham que explora el universo de la escritora británica Virginia Woolf. Me quedé prendado con algunas de sus imágenes. Describiendo a alguien decía: “feliz e incansable como un perro pastor que corre a recoger un palo”. Simple pero genial: la mejor imagen que he leído del típico triunfador tonto (o tonto triunfador).

Lo otro es el tempo: se trata de una historia donde no pasa nada. Los protagonistas se trasladan de una escena a la otra. Lo importante no es lo que ocurre (el culto a lo factual que ha sido llevado al límite por la teleserie y el filme hollywoodense) sino las sensaciones que se van viviendo: el transcurrir (existir) de los personajes, los sonidos, los gustos, los olores…

Un buen libro tiene la misión de destruirte, de obligarte a pensar en ti y en lo que eres, a concebir lo que has sido y lo que podrías ser. Hacía mucho tiempo que no leía otra cosa que serios volúmenes de teoría de la comunicación, y a lo sumo algunos cables noticiosos y artículos provenientes de la blogosfera, un pequeño respiro entre tanto Martín-Serrano y Martín-Barbero. Pero la literatura es otra cosa. La literatura es mágica. Es libertad. Total libertad. A veces la vida adquiere sentido después de un buen libro. Otras lo pierde, lo cual es incluso mejor que lo primero, porque sólo desde la crisis se construyen nuevas alternativas.


domingo, 7 de abril de 2013

Cuba... esa idea

Mi país es ante todo una construcción mental. La isla-puente imaginada entre la modernidad europea, la anarquía caribeña, y la América continental con su milenarismo indígena. Somos una nación reciente, un pueblo nuevo como diría el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro, convergencia de genes y culturas que han traído las corrientes a estas costas del Caribe.

Alguien decía, y no sin razón, que los cubanos vivimos en un país con una historia más grande que su geografía. Basta visitar pueblos como Guáimaro y Jimaguayú, humildes caseríos, donde sin embargo se proclamaron constituciones ultraprogresistas, o hechos heroicos como la quema de la ciudad de Bayamo, la libertad de los esclavos; episodios que parecen sacados de las guerras entre aqueos y troyanos, romanos y cartaginenses, pero nunca mambises desarrapados contra adolescentes ibéricos que Madrid enviaba a morir de fiebre y añoranza al trópico antillano.

viernes, 5 de abril de 2013

Día 9. Baño de pueblo

Acabo de llegar a mi habitación. Cierro la puerta y del otro lado queda la Venezuela en campaña. Respiro agradecido la penumbra refrigerada de mi cuarto de hotel. Más o menos confortable, todos los hoteles tienen un aire impersonal, una mezcla de aromatizante y humedad, de mucama apresurada y sábana hervida. Los hoteles, desde el Cinco Estrellas Plus hasta el más humilde tiradero suramericano, son lugares concebidos para gente que siempre está de paso. Me quito los zapatos y dejo que mis pies se deslicen por el suelo frío. Afuera hay 35 grados de calor y un sol africano que aplasta. Enciendo el televisor y escucho los últimos discursos de los candidatos…

Vengo de atravesar la avenida Bolívar de punta a punta, principal arteria de la ciudad de Maturín. En Venezuela, lo mismo que nosotros con José Martí, todas las calles principales llevan el nombre del Libertador de América. También las escuelas, la moneda, los hospitales, y una larga lista de etcéteras que hacen de Bolívar parte integrante y presente del pan venezolano nuestro de cada día. Pero la avenida Bolívar de Maturín, que ya de por sí es barroca, en estos días de campaña electoral lleva su locura a grados inimaginables.

miércoles, 3 de abril de 2013

Día 11. En campaña

 
Ayer, martes 2 de abril, inició oficialmente la campaña por la primera magistratura en el bolivariano, petrolero y latino Estado de Venezuela. Tres adjetivos que expresan la esencia de un país inmenso que cuenta con todos los climas, todas las razas, y todos los grupos y clases sociales, desde el multimillonario hasta el indígena muerto de hambre.
 
Si lo nuestro en Cuba es un ajiaco (caldo hecho a base de diversas carnes y viandas), en Venezuela la nacionalidad se podría representar en el pabellón, uno de los platos típicos del país caribeño, compuesto por arroz blanco, caraotas (frijoles negros), carne mechada (pernil o falda de res en hilachas), y tajada (plato macho frito) que da color y balancea el plato. El ajiaco es mezcla, en el pabellón cada componente coexiste junto al otro. Como Bolívar, el petróleo y la latinidad de frontera.

martes, 2 de abril de 2013

Día 12. Telenovela

El humilde guardaespaldas de la residencia se enamora perdidamente de la señorita con tetas de silicona. Y la señorita le corresponde al guardaespaldas. Tendrán 400 capítulos para concretar un amor dividido por las diferencias sociales y la envidia de un equipo de malos (malísimos) que harán hasta lo indecible por separar a los amantes. Él, viril, gimnaseado, intercepta a la bella señorita en la escalera de la residencia. La mira desafiante hasta que finalmente la agarra y la besa con pasión. Ella se resiste pero al final se deja besar. Tres minutos dura el beso, hasta que ella lo aparta, le propina una cachetada y dice: -Nunca más se atreva usted a ponerme un dedo encima-. Corte y pausa publicitaria.

Gracias a un producto mágico ya no será necesario planchar. Todo está garantizado. Podrás incluso dedicarle a tus hijos el tiempo que antes tenías que emplear en el planchado. Ahora no se trata de que quieras o no ahorrarte la penosa tarea de estirar la ropa, es que como madre tus hijos te necesitan. Comprando ese producto milagroso estás invirtiendo en tiempo para el cuidado y la educación de los pequeños. Y cuando tu esposo-proveedor llegue esa noche cansando de trabajar en la oficina, tendrá ya sus camisas listas y a ti menos fatigada, y por lo tanto con más ganas de hacer el amor.

domingo, 24 de marzo de 2013

Domingo de Ramos en Maturín

Las festividades religiosas que dan cierre a la Cuaresma comenzaron en Venezuela justo tres semanas antes de las elecciones presidenciales. La catedral de Maturín, una inmensa mole climatizada, amaneció este domingo llena de fieles que, guanos en mano, celebraron el inicio de la Semana Santa. En el templo, recientemente restaurado, la gente cantaba y aplaudía ante la imagen de un Cristo cargando la Cruz, ya listo para las procesiones que se realizarán a lo largo de estos días. Serán jornadas de expiación y culpa, pero también de vacaciones y juerga, en esta mezcla entre lo lúdico y lo estoico que resulta esencial para entender la cultura iberoamericana. Por lo pronto, se declaró Ley Seca en Venezuela desde el lunes 25 al jueves 28 de marzo. Ni ron. Ni aguardiente. Ni cerveza. Ello con el objetivo de evitar choques y otros  incidentes desagradables, en especial por los atolladeros que de seguro se producirán en las carreteras que conducen hacia la costa. En una tierra donde nunca hay invierno la gente guarda estos días de recogimiento entre las olas cálidas del Mar Caribe.

jueves, 21 de marzo de 2013

Desde mi colmena

Llegué a Maturín, la pequeña y tórrida capital del estado nororiental venezolano de Monagas, un día después que Enrique Capriles Radonski, el candidato que se enfrentará en las próximas elecciones generales a Nicolás Maduro, actual presidente encargado y heredero de Hugo Chávez. Ayer por la tarde Capriles dio un mitin de campaña ante algunos cientos de personas. El líder opositor lo promete todo si resulta electo. Su programa de gobierno –esto no deja de ser curioso- habría sido tildado de extrema izquierda veinte años antes. El principal aporte de 14 años de chavismo es la inclusión de los pobres en la agenda política venezolana. Capriles lo sabe y promete aumentos salariales, acabar con la carestía de los productos básicos, y eliminar de raíz la inseguridad. Son todas acciones dirigidas a captar a los sectores medios y medios bajos, estos últimos uno de los bastiones más sólidos del chavismo. Capriles no sólo lucha contra el fantasma de Hugo Chávez, sino que también intenta separar su programa de un modelo de Estado que en el imaginario público representa el fracaso.

viernes, 15 de marzo de 2013

El Papa latinoamericano


El día que visité la catedral metropolitana de Buenos Aires el cardenal Bergoglio no estaba oficiando misa. Una pena. Ahora tendría quizás una historia interesante que contar del hoy Papa Francisco I, un tipo del que todos los medios coinciden en afirmar que en sus homilías usa jerga y ademanes de cura de barrio, que monta en los colectivos y en el Subte (metro) de Buenos Aires, y que además se empeña en cocinar su propia comida.

También se dice que nunca ha cruzado la escasa distancia que separa su iglesia de la Casa Rosada, el palacio de gobierno. Al parecer el Bergoglio no es fan de la Cristina, ni la Cristina del Bergoglio. No había que ser el Espíritu Santo para percibir frialdad en la felicitación protocolar que le endilgó la viuda de Kirchner una vez conocido el desenlace del Cónclave. Y es que el hoy Papa se las trae. En el mejor de los casos no denunció con toda la fuerza que merecía el caso el horror que vivieron los argentinos en la más reciente dictadura militar. En el peor, echó para alante a dos colegas jesuitas vinculados a la teología de la liberación… Pero la política argentina se me escapa del mismo modo que se me escapa la psicología popular de esa nación suramericana. No tienen mucho que ver con nuestra locura caribeña. En todo caso, la de ellos es otra. Lo cierto es que, digan lo que digan, desde que los Kirchner llegaron al gobierno Argentina se posicionó en el mapa. Lo demás es agua y sal.

jueves, 7 de marzo de 2013

El legado de Hugo Chávez para el siglo XXII

Los 14 años de gobierno del presidente Hugo Chávez marcan el inicio de un nuevo ciclo histórico en América Latina. El alcance y trascendencia de esta larga década solo se apreciará en toda su magnitud a mediano y largo plazo, pues las prácticas simbólicas y las fuerzas sociales que desencadenó Chávez exceden con creces las dinámicas propias del contexto histórico más cercano. Puede, incluso, en algún momento ocurrir una ofensiva de los poderes tradicionales en la región, pero ya nada volverá a ser igual. Suceda lo que suceda en un plazo próximo, el siglo XXII latinoamericano no podrá entenderse en modo alguno sin tomar en cuenta el legado de Hugo Chávez.
 

Tres grandes elementos hacen de su gobierno un punto de inflexión en la historia latinoamericana: la recuperación del ejercicio de la política como actividad pública, la legitimación de los pobres como sujetos sociales, y la refundación de la izquierda continental desde las claves de un socialismo válido para el siglo XXI.

sábado, 2 de marzo de 2013

El extraño caso de la jamonada

A las 6 y 30 de la mañana un carro de Ómnibus Nacionales que recorre el tramo entre la ciudad de Santa Clara y La Habana se adentra en un espeso banco de niebla que cubre la Carretera Central. Cinco horas más tarde, el tramo de la carretera está acordonado y una decena de peritos, oficiales de la Policía, funcionarios del Ministerio del Interior, y curiosos se amontonan buscando lo que ya no existe: la guagua se ha esfumado. Como los barcos que atraviesan por el Triángulo de las Bermudas o la ayuda internacional de los haitianos, el ómnibus nunca llegó a su destino habanero. Han desaparecido todos los ocupantes, entre ellos una decena de jóvenes universitarios quienes se encontraban en la ciudad realizando las prácticas de su especialidad.

Todos se preguntan cuál fue la causa del incidente: si una vaca comemierda se atravesó en la carretera, si el chofer se entretuvo y perdió el control del vehículo, si fue un sabotaje del imperialismo… Sólo queda la marca de las gomas sobre el pavimento y algunos fragmentos de una sustancia desconocida. Un perito se acerca lentamente a la escena. Quizás un investigador del CSI-New York habría sacado de su bolsillo un costoso espectroscopio con mirilla láser y pantalla táctil (en el CSI-New York todo es deliciosamente táctil), con el que habría analizado la misteriosa sustancia. Pero no. Nuestro perito tercermundista hace milagros con lo que tiene, de modo que huele el material, toma una porción del mismo, lo toca con el pulgar, moldea una bolita, se la pone en la punta de la lengua, y dice sin más: jamonada.

lunes, 25 de febrero de 2013

Celebración de la bobería

Nada resulta menos placentero que una cola en un parque de la Víbora, sobre todo si es febrero, si hace frío, y si -por encima de todas las cosas- te estás meando.

Amanece temprano en esta parte de la ciudad. Un grupo de adolescentes se dirige sin prisa al preuniversitario cercano mientras el cuentapropista ambulante anuncia su mercancía: pastel de guayaba y café. Un perro ladra. Alguien pregunta el último en la cola. Y yo, prosaicamente, me estoy meando.

Cerebro mal intencionado el mío que ahora sólo piensa en agua que cae, agua que corre, agua pa’ Yemayá, tumultuosos arroyos y hasta el Niágara hundoso de Heredia. Me estoy meando. Mala mía porque me desperté a las cinco de la mañana para marcar en la cola, ya son las diez y desde ese entonces no voy al baño.

Pero el esfuerzo valdrá la pena. Estoy entre los cinco primeros de la  cola, e incluso tuve la previsión de preguntar a mi antecesor detrás de quién iba, así que tranquilo, a esperar a que abra la oficina para yo efectuar mi trámite. Mientras tanto, se va formando una larga fila de personas detrás de mí, la totalidad de las cuales, pienso con envidia, con toda probabilidad tendrán la vejiga mucho más vacía que la mía porque se despertaron más tarde.

A las 8 y 30, media hora después de lo que informa el cartel de la puerta, sale un señor de la oficina y orienta que debemos organizarnos en tres colas, siempre en dependencia del trámite que queramos efectuar. Es un señor que evita exponer sus cuerdas vocales. Murmura las instrucciones y ni yo, que soy el quinto en la cola, lo entiendo bien. Resulta que hay que hacer una fila para los trámites 1, 3, y 5; otra para el 4 y el 9; y una última para el resto de los trámites. Pero eso sí, si vienes a realizar el trámite 10 te vas por donde viniste porque la compañera encargada del mimo tiene al niño ingresado con amenaza de dengue y ella cierra su oficina con llave, de modo que nadie puede sustituirla.

Nada, lo primero es clasificar mi trámite dentro de la lista, cerciorarme que lo mío no tiene nada que ver con el funesto número 10, y después ponerme en la correspondiente cola. Y hacer todo eso en menos de 30 segundos, porque ya la gente se mueve como los naipes de la reina de corazones jugando al cricket. Soy lento y descubro que en la nueva repartición del mundo he bajado del puesto 5 al número 12. Podría pelear con la cola, reclamar mi derecho, pero la lucha por la supervivencia no se me da bien. Espero paciente. Y además, me estoy meando.

Aprovecho la apertura de la oficina y me acerco a una empleada de limpieza que a esa hora comienza a barrer el portal. Pregunto por el baño. Mi mira. Se demora en responder. Yo la miro. Nos miramos. Y me dice finalmente que baño hay (en este punto mi esfínter respira aliviado, y de paso afloja un milímetro. Una nano-gota de orine o al menos de esperanza se dirige rauda a mi calzoncillo) pero a continuación me informa que no estoy autorizado a entrar: “el baño no es para los usuarios, sólo para los trabajadores”, indica.

El tono de voz de la compañera me retrotrae a una asamblea sindical a la que no asistí pero imagino punto por punto. La compañera de limpieza se queja de lo puerca que es la gente porque se mea afuera del inodoro, y dice que ella no tiene ni cloro, si guantes, ni voluntad para limpiar aquello. Y el compañero administrador, solidarizándose con la compañera empleada, decide tajantemente que ningún otro usuario (porque eso somos, usuarios) mearía en esa taza por los siglos de los siglos amén. Y así es como aquella oficina mustia ubicada junto a un parque de la Víbora dejó de ofrecer su baño a los usuarios que como yo tengamos la mala fortuna de estarnos meando antes de comenzar un trámite.

-Pero puede ir a la funeraria cercana-, me dice finalmente la empleada.

Y yo camino rápidamente las tres cuadras que me separan del tanatorio. Pero resulta que ese día no hay un muerto que velar. Me quedo en la puerta de la funeraria mirando la tablilla vacía, se me acerca otra empleada de limpieza (esta vez un ser humano) quien al parecer se da cuenta de que me estoy meando, y me pregunta si quiero ir al baño y hasta me indica donde encontrarlo.

Pero de un costado de la funeraria sale un compañero administrador. Descompuesto. Colorado. Me pregunta qué quiero hacer. Y yo que mear. Y él que  no se puede, que la funeraria no es un baño público. Y yo que me meo porque en la oficina de la cual vengo no hay baño. Y él que eso no le importa. Que me fuera. Que no meara. Que sólo volviera a ese lugar si era un doliente o de lo contrario el dolido, estado este último al que pronto sentí llegar si de tanto aguantar la vejiga decidía explotarse. No le pregunto al administrador hasta qué punto podría ponerse en riesgo el objeto social de su funeraria porque un simple mortal pueda satisfacer el derecho universal a no mearse encima. No me da tiempo a hacerlo. Además, en este momento sólo siento ganas de mearlo a él.

Expulsado. Vencido. Sigo caminando hasta un policlínico cercano a la funeraria, lugar por cierto ya no tan próximo a la oficina donde aún aspiro a completar mi trámite. Allí descubro un baño… en medio de una cola de mujeres en espera de una regulación menstrual. Larga la fila. Todo el mundo cacareando y yo meándome. Cuando me toca mi turno, todavía soy caballeroso y dejo que una viejita temblorosa orine primero, viejita que (lo aclaro) no está allí evidentemente para regularse nada.

Regreso, satisfecho del deber cumplido, a mi cola del parque. Espero. Espero. Sigo esperando. Las compañeras de la oficina se toman su tiempo. Siempre es bueno el momento para tomar un café y conversar de la novela, de la ropa ecuatoriana que está vendiendo el vecino, de la regulación menstrual de Yusimí (la compañera del trámite no. 10) que no tiene enfermo nada al niño, sino que se tomó el día para cumplimentar la actividad… compañera por cierto a quien vi haciendo su correspondiente cola mientras yo resolvía mis cuestiones urinarias en el policlínico.

Y yo me desespero. Me jode emplear mis días al cultivo de la bobería. Quizás otros lo vean como algo normal, pero es una derrota invertir la jornada en una actividad de este tipo. La vida desgraciadamente no es infinita y los seres humanos tenemos un tiempo limitado sobre la tierra. Tiempo que se acaba si lo dedicamos a tramitar y a correr para no mearse encima.

He dedicado al menos un año entero de mi vida a realizar trámites. 365 días con sus noches. Se me ocurrió nada menos que cambiarle el techo a mi casa, tarea que implicó dialogar, volver a dialogar y finalmente chocar con los compañeros de la vivienda, uno de los imperios burocráticos más sólidos del Caribe insular y posiblemente de toda la América Latina. He hecho colas para solicitar innumerables dictámenes técnicos, regulaciones urbanas, actas para regular lo establecido, permisos, cotejos, legalizaciones…

Recuerdo que hace años en una cola para renovar el carné de identidad una recepcionista en un arranque de sinceridad nos dijo a los atónitos usuarios: -Es que ustedes lo que les gusta es que yo los maltrate-. O el otro día que voy a una oficina a hacer una pregunta, y me dicen que hay una cola para responder a las preguntas, y le digo que no hay nadie en la cola, pero me dicen que igual que debía esperar el turno…

Hay un universo más allá de tanta bobería. Ojala que algún día alguien caiga en cuenta que yo (el usuario) soy el objeto social de la compañera Yusimí (la de la regulación menstrual), que mi esfuerzo diario paga su salario, y no que (como ocurre) sea yo el objeto de la Yusimí, aquel que merece ser maltratado.

Por cierto, resolví el trámite, una simple solicitud para que me renovaran un documento extraviado. Invertí en eso toda una jornada de trabajo. Esta noche, cuando ponga mi cabeza sobre la almohada, tendré la triste sensación de haber desperdiciado un día de la vida, en el que quizás se pudo hacer algo mejor que pasárselo entero celebrando la bobería.

jueves, 14 de febrero de 2013

Celebración del plátano burro hervido


El otro día, leyendo a Eric Hobsbawm, me enteré de la llamada ley de Engel. Se trata de una cuestión sumamente interesante, ya que pocas veces la teoría económica se traduce con facilidad en el pan nuestro de cada día. Engel (a quien no podemos confundir con el Engels amigo de Carlos Marx) fue un estadístico alemán quien a finales del siglo XIX observó que si aumentaban el ingreso promedio de una determinada colectividad, esta gastaba proporcionalmente menos en comida y más en actividades de segundo orden como cultura y ocio. Ello no quiere decir que con un aumento de la renta no ascienda también el gasto en alimento, sólo que este representa un porciento menor dentro de los egresos totales. Visto desde una perspectiva macro, las sociedades más hambrientas dedican la práctica totalidad de sus ingresos a la alimentación, mientras que los ciudadanos de los países menos pobres no sólo comen sino que también compran ropa, van al cine y juegan con la Wii.

No hay que ser Engel (ni tampoco Engels) para saber que cada cual piensa como vive, y que un haitiano gasta el dólar diario que le asignan las estadísticas de Naciones Unidas básicamente en plátano burro, mientras que a un neoyorquino de Manhattan su renta le alcanza para comprar salmón, frutos secos y yogurt descremado, y además pasar las vacaciones en los Hamptons.

Es poco probable que el estadístico alemán se interesara por algunos rasgos deliciosamente cualitativos que se asocian al fenómeno que se describe en su Ley. Pero vale la pena hacerlo. Se me ocurre pensar que aquellos que dedican su renta a conseguirse el diario alimento tienen menos posibilidades objetivas para procurarse felicidad, que los que tienen la suerte de poder invertir parte de sus emolumentos en tomar taxis, comprar libros, y pintar la casa. Lo de procurarse el diario alimento no es para nada eufemístico, las sociedades con alto nivel de renta promedio están infraestructuralmente más desarrolladas en lo que respecta a los modos de conseguir el diario alimento. Diciéndolo mal y pronto, en el supermercado te encuentras la carne lista para ser guisada y no es preciso zancajear media ciudad para encontrar (si es que aparece) un pollo entero o una libra de papas.

Al sur de la ley de Engel la vida se reduce a trabajar, comer y defecar (un acto este último prosaico, pero inevitable). Al norte te puedes preocupar incluso por ir al gimnasio para perder los kilos que ganaste en Navidad, apadrinar por internet al pequeño Kim (un niño norcoreano que huyó con sus padres hacia las Filipinas), y suscribir una petición de firmas para que las grandes corporaciones no destruyan la selva del Amazonas.
Marx (el amigo de Engels a quien no podemos confundir con Engel) decía que había que resolver primero las necesidades básicas para que uno después se pusiera a problematizar en torno a las grandes tragedias de este mundo. Y Buda, siempre tan materialista, descubrió que era imprescindible tener la barriga llena para alcanzar el nirvana. Lo de gastarse la renta en comida no es sólo una cuestión económica, sino también espiritual. A una determinada organización del gasto se asocia toda una cultura de la vida: la pobreza material poco a poco se transforma en inopia mental. Así que a los pobres toca leer menos a Foucault, a Kant y a Santo Tomás de Aquino, y hacer más colas para comprar el plátano burro de cada día. Y si es hervido mejor, que así se ahorra en aceite y se cuidan los triglicéridos.