sábado, 8 de diciembre de 2012

La Resurrección



Por estos días se desarrolla en La Habana el 34 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Alfredo Guevara, su presidente y fundador, tuvo la idea de homenajear el centenario del natalicio del pintor cubano Mariano Rodríguez con la inclusión de una de sus obras, titulada La Resurrección, como cartel del festival. Alfredo podía haber seleccionado alguno de los cientos de gallos que pintó Mariano a lo largo de su vida, pero optó por una pintura de tema religioso, de hecho uno de los pasajes de la vida de Cristo que más ha sido representado en los últimos dos mil años.

Porque de toda la gran parábola que es el cristianismo, el acto de la resurrección es una de sus estampas más fascinantes. El Cristo hombre, que ha mirado al cielo y preguntado al padre por qué lo ha abandonado al martirio de la cruz, regresa a las alturas al tercer día de muerto y enterrado. Carne en descomposición que vuelve a la vida, cucarachas y bacterias que se retiran espantadas ante la evidencia de un corazón que late. Cristo es ahora el dios que ha terminado su misión en el mundo de los hombres, una misión que –calendario litúrgico en mano- inició 33 años antes en un pesebre de Belén y terminó ante la “evidencia” de su propia resurrección. Ya se los decía, una leyenda totalmente fascinante.

Fascinante porque nada es tan pagano y antioccidental como la resurrección misma, un acto que se opone a uno de los principios cardinales de la civilización europea: la existencia de un tiempo lineal, de una vida que acontece con el propósito de lograr un determinado fin, la negación de un transcurrir cíclico tan presente en otras cosmovisiones orientales como el hinduismo y el budismo. Porque la resurrección es el re-comienzo, el re-despertar para volver a ser, para re-tomar camino, para expiar un karma. La resurrección implica ante todo esperanza, la sensación de que concluye una etapa para comenzar otra siguiente que debe ser cualitativamente superior a la anterior. No hay alfa ni omega, principio ni fin, sino que vamos chocando hasta el infinito con los retos que se nos presentan hasta poder vencerlos definitivamente.

No fui formado (filosóficamente hablando) para concebir la posibilidad de que los muertos regresen a la vida ni el tercer día, ni el quinto… ni doscientos años más tarde. También me cuesta creer en un Cristo depilado y pudorosamente cubierto con un peplo subiendo a las alturas ante el asombro de los hombres y la sonrisa lobotomizada de los arcángeles.

Pero he sido concebido en la esperanza. Esperanza que se traduce en la búsqueda de un mundo mejor y posible, que sólo ha de ser mejor y posible en tanto sean muchos los mundos de acuerdo con los sueños y aspiraciones de sus habitantes, y no UN mundo mejor-posible que te asignen como si se tratara de un televisor Panda o un auto Lada. Esperanza que apuesta por el sistemático ejercicio de soñar.

De algún modo que no alcanzo a explicarme, el cuadro de Mariano Rodríguez que está presidiendo estos días de Festival, ha logrado traerme ilusiones en estas semanas finales de 2012. Primero fue en la actividad de inauguración del Festival al ritmo de la orquesta Los Van Van, y luego a través de un documental sobre la vida del cantautor Silvio Rodríguez. Escuchar a Los Van Van, quienes expresan como nadie la sonoridad de esta isla, y después percibir en Silvio lo mejor de una intelectualidad vanguardista que hizo las cosas del modo en que lo entendió fueron experiencias sumamente gratas, trascendentales, que alejaron de cierta manera la imagen de decadencia y de “viejo gobierno de difuntos y flores” que a veces me inunda. Al día siguiente, el cantautor argentino Fito Páez, bohemio roquero y desquiciado, congregó a cinco mil personas en el teatro Karl Marx y después de torturarnos durante una hora y media (como si se tratara de una teleclase) con un concierto que ofreció en Buenos Aires, nos subió a las alturas cantando sus temas de toda la vida. Casi al terminar, las cinco mil personas allí presentes estuvimos a punto de llorar cuando Fito interpretó a capella aquello de “quien dijo que todo está perdido… yo vengo a ofrecer mi corazón”. En ese momento pensé en mis amigos que ya no están, en los que están pero pronto no estarán, en el tiempo y en el futuro. Y deseé con todas mis fuerzas que la resurrección fuera posible, la resurrección de las ideas y de la praxis, no importa que sea un Cristo subiendo a las alturas el tercer día de muerto, o un simple joven cubano deseando vivir y morir en su tierra, no por tozudez quijotesca sino porque valga la pena hacerlo. Por cierto, durante el concierto Fito llegó a la esencia cuando en algún intermedio entre canción y canción dijo: “De eso se trata la vida, de resucitar, sino para qué…”