sábado, 3 de noviembre de 2012

Santiago


Mi mejor foto del viaje a Santiago de Cuba la tomó Juan Camilo mientras íbamos en tren hacia oriente. Estamos Adriana y yo con la cabeza fuera de la ventanilla, el viento nos da en el rostro y ambos sonreímos. Dentro de veinte años, si la suerte nos acompaña, regresaremos a esa instantánea como un momento feliz de nuestra vida. Camilo tuvo la ocurrencia de tomar la foto en blanco y negro, y logró así otorgarle una atmósfera de película hollywoodense de los años cuarenta, esas donde los protagonistas siempre son felices y de vez en cuando hasta se ponen a cantar, incluso en momentos en los que el acto musical no se justifica en la trama. Sería también por lo destartalado del tren, los campos circundantes, o la simple atmósfera, que cuando la veo la foto me imagino atravesando América de norte a sur, uno de mis sueños aún por cumplir.



Los trenes son máquinas de libertad, sobre todo un tren lechero como el que nos llevó a Santiago, de esos que paran en cada pueblo y son asaltados por una turba de vendedores desesperados. Libertad, casi anarquía, es pasarse la noche cantando pese a las advertencias de una ferromoza obesa como Buda, y paciente como este último, único modo posible de aguantar los rigores de semejante vida. Quizás la ferromoza está expiando su karma y en la próxima reencarnación será millonaria y flaca como Paris Hilton, no lo sé, por el momento pude constatar que su oficio es de los peores. Libertad es amanecer contemplando los campos de Cuba mientras te enjuagas los dientes y salpicas de dentífrico a los viajeros dormidos, libertad poder conjurar atravesando caminos infinitos la maldita circunstancia virgiliana de estar rodeados de mar por todas partes.

Confieso que no las tenía todas conmigo para lo del viaje a Santiago: a los 28 años me sentía demasiado “viejo y acomodado” como para ir con una banda de estudiantes universitarios en plan hippie a subir el Pico Turquino. De querer ir allá mejor ahorrar para un avión y después alquilarme en una casa con aire acondicionado. Todo lo contrario, la compañía de los muchachos fue la mejor de las experiencias posibles. La primera noche se pusieron a cantar uno de mis temas musicales preferidos del filme Habana Blues, de Benito Zambrano, cuya banda sonora corrió a cargo del cubano X Alfonso. Descubrí que no estamos tan lejos generacionalmente, que si nos sentamos todos a soñar descubriremos que nuestros anhelos no son muy diferentes. No es tanta la barrera generacional si vemos las mismas series, vamos a los mismos lugares, ponemos la misma porquería en los muros del Facebook, y trazamos planes igualmente utópicos.

El viaje en tren, hay que decirlo, es un poema: los asientos son malos, hay cucarachas, los baños son un asco, y ni hablar de aire acondicionado. El tren lechero es, por lo dantesco, casi como los que salen en las películas indias. Pero no me quejo, el transporte nos lo pagó la universidad y bastante hizo, y además, a los veinte años no está mal pasar un poco de trabajo. Pero pudimos constatar que no son fáciles las condiciones en las que viaja la gente más humilde de este pueblo. Vimos mujeres con niños pequeños estar casi una hora paradas en los pasillos atestados, en el baño de nuestro vagón intentaron colar de polizón a un puerco… las paradas son interminables y el calor atroz.

También es buena la experiencia de recorrer Cuba casi de punta a punta. Primera tristeza, la sequía, poco queda ya de nuestros campos verdes. Lo otro, más triste aún porque tiene remedio, es el marabú, que promete sustituir a las palmas como árbol nacional. El marabú es lo único que crece incontenible arrasando el paisaje original de las llanuras. Monótono como la caña de azúcar pero sin espíritu ni industria el marabú campea señorial a la espera de inversiones ingentes en la agricultura.

Cuando al fin llegas a Santiago lo primero es el calor, y lo segundo la gente. Te tratan como si te conociera de toda la vida, interrumpen tu conversación, te tutean, opinan, critican, interactúan con una confianza que al principio espanta y desconcierta. Pero son así, así es el Caribe, y así es la verdadera Cuba. Resulta que al llegar a Santiago uno se percata que aquella es la verdadera cuna de la nación, y no nuestra cosmopolita Habana, espiritualmente conectada al mundo, siempre mirando a lo lejos más que al sur de sí misma. En el cementerio de Santa Ifigenia constatas que casi toda la gente ilustre de la historia nacional pasó por Santiago, desde el Apóstol a Carlos Manuel de Céspedes. De Santiago, antigua capital del insurrecto Oriente, han salido todas nuestras luchas, desde las guerras de independencia a la Revolución de Fidel Castro.

Nos montamos en un camión polvoriento que nos llevó hasta la base de la Sierra Maestra, uno de los espectáculos geográficos más intensos de Cuba. La Revolución se hizo realmente para gente como esta. Lo mejor del país que somos, del país que podría ser, se fundó en la humildad y el silencio sin límites de esta cordillera. A lo largo de la vía se observan todavía hoy las cruces que señalan los cuerpos de los campesinos de nadie, a quienes bajaban enfermos desde las cumbres a la espera de un barco salvador que los llevara hasta una ciudad con médico. Sin caminos transitables, sin escuelas con las que aprender a soñar, sin médicos, sin esperanza, los guajiros morían jóvenes, muchos de ellos a los pies de la sierra que los vio nacer.

Subir el Turquino es un ejercicio de autosuperación. Cuando piensas que se agotaron las fuerzas le pides al cuerpo un esfuerzo extra, y luego otro, y otro, y otro... hasta que realmente no puedes más pero así y todo hay que seguir subiendo. Un paso, otro, los riñones que no dan más, la espalda, las piernas… los huesos duelen. Pero al llegar a la cima te sientes como un dios fuerte y eterno, capaz de todo. Allá arriba sigue el Martí que subió Celia Sánchez, durante una ascensión que está ya entre las leyendas fundacionales de la revolución. Martí en la cima del mundo cubano, entre las nubes y las colinas eternas, esperando quizás la llegada de tiempos mejores.

En Santiago te acercas al misterio martiano. Nada refleja tanto la profunda humildad del Maestro como el chaleco que se conserva en el museo del Cuartel Moncada. Al verlo compruebas la enorme distancia existente entre el monolito de mármol de la Plaza de la Revolución de La Habana y el hombre menudo que fue, enclenque, aparentemente débil, que pese a ello cambió para siempre la visión de este país, nos hizo libres de pensamiento, le dio a nuestra nación un objetivo histórico, la consecución de una República con todos y para el bien de todos. Martí, que antes que héroe fue hombre, descansa en paz en la ciudad de Santiago.

Todavía no sé cuál será mi próxima fotografía de un gran instante feliz. La felicidad es un ente escurridizo que raramente podemos captar con la lente. Por lo pronto, siempre que vuelva a esa instantánea me entrarán ganas de cantar a lo Gene Kelly, feliz de recordar este contacto con nuestras propias raíces, una experiencia de humildad palpable que invita, como dice Silvio Rodríguez en su canción, a ser un tilín mejores y un poco menos egoístas.

1 comentario:

  1. Que vivan Santiago, Martí y Silvio...y ustedes.
    ESte blog me gusta!

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