domingo, 25 de noviembre de 2012

Microhistoria


Nota: Este texto lo escribí hace ya casi un año y medio, precisamente durante mi anterior estancia en Venezuela. Aprovecho para incluirlo en la actualización de esta semana.

Hugo Chávez, como Cristo en su mejor época con los panes y los peces, se la pasa estos días multiplicando las casas. El mandatario de Venezuela ha prometido construirle seis millones de hogares a los que nada tienen de aquí a 2016, y la oposición, astuta, incapaz de oponerse al derecho universal de dormir bajo un techo, lo único que encuentra para criticar es que la cifra resulta imposible de cumplir en el plazo previsto. Y en eso andan chavistas y opositores, calibrando los tiros para la guerra grande que serán las elecciones de 2012. 
Keiko Fujimori y Ollanta Humala se discuten la presidencia del Perú este fin de semana. De un lado la hija del encarcelado dictador Fujimori, condenado por corrupción y crímenes de lesa humanidad. Bajo las buenas maneras enseñadas por sus asesores de comunicación, Keiko no logra esconder la barbarie del discurso neoliberal; ahora lo promete todo pero de resultar elegida de seguro sacará las garras. Del otro lado de la boleta electoral un oficial retirado que coquetea con la izquierda, o al menos dice hacerlo, pero que hasta el momento no logra mirar de frente ni a las cámaras ni a su pueblo, como lo que hacen de verdad los que nada esconden.

El universo sigue rondando, pero también nuestras humildes historias de vida, los diversos micromundos que son la delicia de los historiadores contemporáneos que desconfían de los grandes relatos de la humanidad. Al menos eso me muestran los rostros que cada día llegan a mi perfil de Facebook, a mi bandeja de correo electrónico o al buzón de voz del teléfono celular, amigos y conocidos regados por todas partes… Madrid, New York, Caracas, Miami, Cartagena de Indias, Hanoi… y por supuesto La Habana. Algunos de mis contemporáneos ya son padres o están a punto de serlo, suprema felicidad, otros celebran –surrealista que es el mundo- el 20 de mayo en una discoteca de la Florida, y vi fotos hasta de un trabajo voluntario, de esas puestas en escena en la que nos hemos vuelto especialistas aunque en la práctica no hagamos nada.

Mientras tanto, lejos de las nuevas tecnologías de la comunicación, del debate electoral peruano y de las misiones de Hugo Chávez, mi abuela se muere en una habitación oscura de La Habana. Debe ser un esfuerzo colosal cruzar la última puerta, la sutil línea que separa la vida de la muerte.

Mi abuela cree en Dios así que será un consuelo, de lo contrario dejas de respirar con la certeza de enfrentarte al vacío absoluto, a la no existencia, al nunca más ser, al nunca más ver a los que quieres, al nunca más sentir. Sin creer en dios pido por ella, porque encuentre la paz, porque se vaya feliz, porque termine sus días con la certeza de que la quisimos, porque del otro lado exista un cielo sin crisis económicas, niños con hambre, miseria y retórica. Porque del otro lado la esté esperando la gente que partió ya, porque la tomen de la mano y le muestren el camino, porque le enseñen el lugar donde vivirá a partir de ahora por toda la eternidad, porque le pueda dar un abrazo a la hija que se le fue antes de tiempo y sentarse las dos a tejer en las tardes de verano, porque pueda disfrutar de las pequeñas cosas que valoraba en vida, porque pueda vernos, desde allá arriba, divisarnos a nosotros, diminutos vivientes, en nuestros pequeños dramas, nuestras pequeñas alegrías, nuestro pequeño mundo que seguirá marchando pese a todo… como siempre.

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