martes, 20 de noviembre de 2012

La rebelión


Conocí en Madrid a un vagabundo que dormía cada noche bajo la misma ventana de uno de los grandes edificios de la calle Serrano. En pleno corazón de la llamada Milla de Oro, uno de los espacios más aristocráticos de la capital española, aquel indigente había reconvertido de acuerdo a sus necesidades una pequeña porción de universo. Cuando llegaba el invierno los servicios sociales pretendían llevárselo a un albergue, pero él defendía su libertad individual de morirse congelado. Y ahí aguantaba. Acurrucado y apestoso. Infecto.

Pero lo más surrealista de aquel vagabundo envuelto en un cobertor ennegrecido por el smog de la ciudad era un reloj despertador que siempre colocaba cerca de si mientras dormía. Un reloj rojo estilo Ikea, la multinacional sueca líder mundial en diseño de interiores y causante de la uniformización estética de la clase media en todo el orbe. Si no fuera por aquel reloj, la última y evidente apelación del indigente a las normas sociales, podría decir que el vagabundo era un hombre libre y realizado, y zambullirme entonces en toda la palabrería del salvaje feliz que no conoce (ni reconoce) los valores de una sociedad que lo reprime material y espiritualmente.

Pero suponiendo que el vagabundo no tuviera complejo de Diógenes y la gustara vivir en un barril -y dormir sin calefacción con una temperatura de menos cinco grados- lo más probable es que se tratara de uno de los tantos perdedores de la historia, alguien vencido, aplastado, esquilmado por la sociedad.

También, quizás, se tratara de un rebelde. Porque no hay nada más contracultural que mear junto a la puerta de Alcalá, o asustar a la gente de bien que sale a tomar el sol y a pasear sus perros… El problema es el reloj y la maldita obsesión del vagabundo por medir el tiempo. Algo no me encaja. O eres un anarquista extremo o te ajustas al horario para pedir la limosna, ir al comedor social, y limpiar los cristales de los autos aprovechándote del cambio de luces en el semáforo.

La frontera entre un rebelde y un inadaptado social a veces se desdibuja. Quizás no haya mucha diferencia (estéticamente hablando) entre algunos luchadores antisistema y el clochard de la calle Serrano. Pero el primero es aquel que combate un modelo que considera ilegítimo, y el segundo es alguien a quien el propio sistema se llevó por delante. Aunque ese es otro mito. Se puede ser marxista, ecologista y defensor del aborto, y al mismo tiempo usar zapatos. De hecho, y esta es una tesis personal, los rebeldes con zapatos casi siempre llegan más lejos en la larga marcha por un mundo mejor que aquellos que por puro extremismo prefieren andar descalzos.

Si se quiere ser rebelde hay que tener también bien claro contra qué se lucha. Nada es más estúpido que un rebelde sin causa, aquel que proclama a los cuatro vientos que el mundo que lo rodea es una inmensa porquería, pero que en el fondo se muestra incapaz de “operacionalizar” (que no es más que racionalizar) las causas de su impostura. ¿Se preguntará el vagabundo de la calle Serrano sobre la razón de su destino, o será una de las tantas mentes adormecidas por el alcohol y la heroína?

La rebeldía también se cultiva, o de lo contrario termina en una especie de nihilismo hippie contracultural de sexo y drogas. Por eso la rebeldía es consecuencia directa de la educación. Nada favorece tanto a la injusticia como un sistema educativo mentecato. Toda rebelión, desde el más humilde cacerolazo hasta una revolución francesa, parte de una crítica a la racionalidad del poder. Pero la crítica debe ser pensada.

La rebelión siempre surge de una pequeña interrogante que va creciendo de manera proporcional a la falta de lógica que sustenta al dogma. La mujer se pregunta por qué debe obedecer al marido en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza. El estudiante cuestiona el sentido de memorizar una tabla de treinta y ocho filas y nueve columnas con las características de los principales tejidos que conforman el cuerpo humano. El muerto de hambre se pregunta por qué jodida razón el mundo está diseñado para que los ricos cada día ganen más y los pobres menos. El silenciado se cuestiona la divina razón por la cual algunos tienen dominio sobre las palabras y los argumentos, y otros la única y sistemática misión de obedecer. La lista es grande y compleja como la humanidad misma, y toda pregunta termina inevitablemente en una herejía. Herejía y rebelión que no podemos confundir, para nada, con la pobre vida del vagabundo madrileño que provocó estas líneas…

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