domingo, 11 de noviembre de 2012

La foto que Yahíma publicó en Facebook


Aquí estamos todos. Tenemos quince años cumplidos o por cumplir. Adolescencia, drama y acné. Lo mismo que cuenta la gente cuando rememora esa etapa turbia que se extiende entre la niñez y la primera juventud. Allí estamos, impecables en cierto modo, tan bellos y angelicales que parece nuestro primer día en una escuela católica. En la foto sólo el Wichy tiene puesto unos Adidas (¿lo notaron?), mientras que el resto exhibe unas relucientes botas soviéticas. Bienaventurado el igualitarismo.
Vírgenes algunos (la mayoría). Aún no hay cigarros. Ni alcohol. Mucho menos marihuana. Sólo algunas (muy pocas) pajas. La adolescencia es un descubrimiento. Dos años después saldrá la primera parte de American pie, una película que veremos una y otra vez en casa de algún privilegiado que cuente con un reproductor para casetes VHS. En el filme descubrimos que la adolescencia (pese a todo) es un fenómeno universal. A los quince, el horizonte es infinito y la vida se reduce a una fiesta el sábado, y a conseguir algún día un beso de lengua. A esa edad todo es posible.

Terminan por aquel entonces los años noventa, pero aún el papa Juan Pablo II no ha visitado La Habana. Lo veremos pasar por la carretera de Rancho Boyeros, a donde nos mandaron a hacer cordón humano para recibirle. También estarán ante nosotros los restos del Che en una urna diminuta y triste, recordándome por siempre que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz. Gritamos “palanganero” a José María Aznar, y “Títeres, lacayos y marionetas” a los funcionarios de la embajada checa. Estamos en la Lenin, y éramos obligatoriamente una nota al pie en el gran libro de la historia nacional.

En la Lenin aprendí a comer tostadas con mayonesa, guayaba y leche en polvo. También a convivir si es preciso con las cucarachas; y lo mejor, a cagar de pie. En esos tres años leí también todo lo que pasó por mis manos, y pude así recorrer mundo una década antes de que las críticas a las regulaciones migratorias formaran parte de nuestra agenda pública.

En algunos casos imitándolos, y en otros intentando hacer exactamente lo contrario, me inspiro cada día en mis maestros de aquel entonces a la hora de asumir mi trabajo como profesor universitario. Recuerdo todavía la obsesión malsana de algunos docentes por la limpieza de los baños, y por aquellos horrorosos arreglos con los que había que decorar las áreas verdes para ganar la emulación, arreglos confeccionados a bases de piedrecitas y flores de Carolina (¿Se acuerdan?). También tuve excelentes maestros, los mejor del mundo, a quienes en su momento no valoré (¿cómo hacerlo?), pero que hacían un sacrificio enorme al atravesar cada día media ciudad para darnos clases en aquel fin del mundo, percibiendo el salario de un obrero somalí.

Escuché decir al escritor Eduardo Heras León que todo cubano nacido en las últimas cuatro décadas puede hacer su propia “historia de la beca”, lo cual se ha convertido en todo un subgénero dentro de la literatura nacional contemporánea. Y es cierto. Cada uno de nosotros tiene un centenar de cuentos que hacer a sus hijos de aquellos tres años (¡sólo tres años!) que nos cambiaron para siempre. La Lenin fue nuestro Gran Hermano, un colosal experimento sociológico. Se creó una especie de comunidad a la cual perteneces toda la vida, y no importa que dejes de ver durante cinco o diez años a la gente con la que compartiste esa etapa. Son (y lo siguen siendo de algún modo) tu familia.

La Lenin de entonces me suena a Maná, Ricardo Arjona y Led Zeppelin. También (por supuesto) a Silvio y a Pablo. Nunca más he podido escuchar a esa gente sin regresar a unos años en los que los sueños parecían infinitos… Pero a los treinta descubres que hasta la imaginación tiene horizonte. Y te pones de algún modo a pensar en qué harás con el resto de tu vida. Es la marcha indetenible de la historia. Y no de la historia general que se enseña en las escuelas, con héroes, enemigos, vencedores y vencidos, la humilde historia humana de la que somos partes, el rápido transcurrir de nuestras vidas por el reino de este mundo.

Quizás por eso sentí nostalgia cuando vi la foto que Yahíma publicó en el Facebook. Nostalgia por el tiempo que se fue y nunca más vendrá. Nostalgia por descubrir que la mayoría somos hoy tan sólo muros que visitar en Facebook. La Habana, Miami, Cartagena, Guayaquil, Caracas o Veracruz... el barrio de toda la vida, la tranquilidad refrigerada de un apartamento en West Palm Beach, o la vida trepidante del mundo suramericano. Algún día nos volveremos a ver todos en una foto feliz como aquella, que recoge una época, y el sentir de unas vidas marcadas por la declaración que escribimos en una de las paredes de nuestra aula: “ganar no es lo más importante, es lo único”.

5 comentarios:

  1. Pudiera hacer muchos comentarios, pero me quedo con esto: yo también soy de esa generación y ¨las relucientes botas soviéticas¨ fueron los mejores zapatos de mi vida!!!!!!!!!!!!
    te quiero Salvy.

    La Yane.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo también te quiero mucho. Gracias por tu comentario. Nos vemos pronto!!!

      Eliminar
  2. n hora buena por tu blog pq escribes muy bien la verdad, muy coloquial, y muy gracioso (yo tb me meaba, pero d risa, con tu celebracion d la boberia) .... y sí, aunque como bien dices cada quien es un mundo (a mí por ejemplo la lenin me suena a bicosic y DLG) esos 3 años d beca fueron los mejores d la vida d muchos d nuestra generación!

    ResponderEliminar
  3. Que bueno te ha quedado esto!...yo soy una de esas que quiere aportar a la literatura nacional contemporánea. jajajaj
    Saludos!

    ResponderEliminar