jueves, 29 de noviembre de 2012

Caracas



Fascinación por Caracas. Fascinación por una ciudad que se desborda en los cerros, que tanto por su herejía arquitectónica como por su desenfrenado modo de vivir, está más cerca de promulgar la fe de los dioses paganos anteriores a la conquista, que el evangelio del Cristo aséptico que las monjas caraqueñas todavía se empeñan en enseñar en las escuelas.

Caracas es lo real maravilloso americano, la articulación creativa de la cultura española, la africana, la indígena, en un lugar donde la razón parece no atenerse a las reglas del mundo que he conocido hasta ahora. A los nativos se suman miles de colombianos, portugueses, árabes, chinos, emigrantes europeos, y visitantes/residentes de todos los estados de esta nación continente.

Primero fue la vista de los cerros en el trayecto entre la Guaira, donde está el aeropuerto de Maiquetía, y el Distrito Capital. Cientos de miles de pequeñas casitas de ladrillo sin repellar, adhiriéndose del mejor modo posible a las laderas inseguras de las montañas que rodean a la gran ciudad. Cerros de pobres donde sin embargo cada casa tiene una conexión de televisión satelital, y algunas, muchísimas, cuentan también con aire acondicionado. Evidentemente en cada país la pobreza tiene rostros diferentes, y en Venezuela, como en casi toda América Latina, el reto mayor está en la esfera cultural. El subdesarrollo que ya no se mide contando a los que saben leer y escribir, sino en los que saben y pueden pensar, crear, participar, optar. En este caso el subdesarrollo es todavía difícil en Venezuela, ingente como el consumo desenfrenado y la violencia ciega. Una violencia que espanta al mirar sus múltiples rostros: rascacielos de sesenta pisos con todos los balcones enrejados, temiendo al parecer los ataques de alguna versión sudamericana de Spiderman, gente que se apresura en las calles, que no mira a los ojos para que no los vean, que intenta pasar inmune ante una multitud de “malandros” que patrulla las calles de la ciudad.

La violencia está en todas partes y la publicidad también omnipresente no hace más que alentarla. La publicidad enseña a los pobres de mente que el que no tiene no es, que el que no adquiere no existe, que el cielo es dios con un teléfono móvil a la diestra, zapatillas de marca, y un carro del año para deambular por la bóveda celeste.

Los ricos, por su parte, temen como nunca la invasión de estos nuevos bárbaros a quien la revolución ha dado voz; los ricos se refugian en sus villas, también en lo alto de las montañas, lejos de la chusma, ciudadelas alambradas que ellos llaman "colinas" para diferenciarlas del "cerro" donde habita el vulgo.

En Caracas nada se contiene, ni la violencia, ni la arquitectura, ni el estilo de vida. Torres grises se elevan al cielo, palacios romanos se incrustan en las laderas inestables, grandes avenidas, y un tráfico infernal al que parece estar acostumbrado todo el mundo, si es que alguien puede realmente acostumbrarse a la contaminación del aire, al ruido incesante, a los motoristas avanzando por todas partes, a como de lugar.

Pasé por el hotel Anauco, una mole prefabricada inmensa que recorta el horizonte caraqueño. Sencillamente horrible, poéticamente horrible, recuerda las ciudades apocalípticas donde se ambientan muchos de los comics manga. Miles de ventanas alumbradas sobre una fachada cubierta de musgo, sin pintar. Subterráneos bajo el edificio, donde se agolpa la mugre y la gente. Todo mezclado, hasta un muchacho sin piernas, sobre una patineta, pidiendo limosna a los transeúntes, y los buhoneros vendiéndolo todo, hasta ellos mismos, y haciendo la calle todavía más infernal si es posible.

Caracas sigue en revolución. Hugo Chávez, nacido en una región mucho más tranquila de los llanos de Venezuela, comanda desde hace diez años la Revolución Bolivariana, un concepto barroco, como todo en este país, que se basa en el pensamiento de Simón Bolívar y la idea de un socialismo válido para el siglo XXI. No la tiene fácil y él lo sabe.

Pienso ahora en Bolívar, y pienso en la historia en general, que siempre construimos los hombres del presente desde nuestros puntos de vista. La Revolución ha hecho de Bolívar un ser ominipresente, que sin embargo se perdería en esta megaciudad que por décadas sucumbió a la tentación del capitalismo petrolero, y que ahora, intoxicada de consumo, no la tiene fácil en eso de anteponer el nosotros al yo, la base de un sueño socialista y una tierra de hombres nuevos. Pienso en Chávez y en su obra, y vuelvo a Bolívar, que después de darle libertad a este continente se preguntaba, escéptico, si no se había pasado la vida entera arando en el mar.

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